Por Cecilia Coughlin
Antes de llegar a Madrid, pensaba que no sería posible jugar al frisbee en el extranjero. Pero, para mi sorpresa, un antiguo estudiante de VWM me recomendó un equipo de frisbee en la ciudad. Y, a pesar de mi aprensión inicial, ha resultado ser una de mis experiencias más destacadas de mi vida aquí. El equipo, Quijotes y Dulcineas, es el club de Ultimate Frisbee más antiguo y grande de Madrid. Se trata de un equipo mixto, que compite y entrena en equipos mixtos, femeninos y masculinos. Los entrenamientos se llevaban a cabo en un campo del barrio de La Elipa, al noreste de la ciudad. O, como dicen los locales: “¡la Elipa que se flipa!”
Durante el primer mes de entrenos, como estaban abiertos a todo el mundo, cualquiera podía asistir. No importaba si habías jugado durante diez años o si era tu primera vez tocando un disco. Los entrenos se realizaban por la noche, dos veces por semana. Por tanto, no interferían con mi horario académico. La verdad es que era el nivel perfecto de compromiso y, al mismo tiempo, una gran oportunidad para estar al aire libre, conocer gente nueva, practicar español y disfrutar un poco del ambiente competitivo.
Hacia octubre, la fase de pruebas ya había terminado, y el equipo se dividió en dos: A y B. Esta división hizo que el equipo fuera más accesible para cualquiera interesado, permitiendo diferentes niveles de compromiso. Fui seleccionada para el B, así que no participé en torneos grandes. Pero, aun así, pude practicar dos veces por semana: un día en un entrenamiento mixto con los Quijotes y, el otro, en el femenino. Esto fue perfecto para mí, me encantaba poder jugar frisbee en un equipo mixto, algo que no había hecho antes en Wesleyan.
Jugar frisbee en un equipo español también me permitió practicar el idioma, y fue la mayor oportunidad que tuve para una verdadera inmersión cultural. Aprendí mucho vocabulario de frisbee en español (aunque, para ser honesta, gran parte de la jerga son frases en inglés). Además, gracias al equipo conocí a españoles, así como a otros estudiantes internacionales en programas de intercambio. Algunos de ellos se convirtieron en mis amigos más cercanos durante el semestre, ya que el equipo también organiza muchos eventos sociales fuera de los entrenamientos.
Asimismo, una de mis vivencias más especiales durante el semestre fue gracias al equipo. Después de los entrenamientos, algunos amigos y yo íbamos al bar/restaurante local que estaba cerca del campo. Allí, nos sentábamos afuera, pedíamos cervezas, comíamos algunas tapas y disfrutábamos de la llamada “sobremesa”. Fue aquí donde me expuse al ambiente comunitario que España tiene para ofrecer.
Nos volvimos muy cercanos a los trabajadores del restaurante y a los vecinos del barrio que frecuentaban ese bar. Celebramos juntos uno de sus cumpleaños, pasamos tiempo hablando después del entrenamiento e incluso vinieron a ver nuestros entrenamientos. Las conversaciones que mantuve con los maravillosos trabajadores y vecinos fueron una de las mejores oportunidades que tuve para mejorar mi nivel de español. Todo ello fue un bonito choque cultural: me sorprendió lo amigable que era todo el mundo y la posibilidad de hacer amigos de distintas generaciones.
En definitiva, el club de frisbee y la experiencia de ir a La Elipa dos veces por semana fue una parte muy significativa de mi estancia en Madrid. Sin lugar a dudas, recomiendo a cualquier persona que en un futuro estudie en la ciudad que lo pruebe, tanto si nunca ha jugado al frisbee como si busca seguir practicándolo mientras está en el extranjero. ¡Es una oportunidad perfecta para practicar deporte, mejorar tu español y sumergirte en la cultura española!

