Por Mae Walker
Como soy bastante extrovertida normalmente, me sorprendió que al llegar a España me sintiera tímida. He estudiado español durante la mayor parte de mi vida, y puedo entenderlo casi perfectamente. Sin embargo, en mis primeras semanas en España no pude evitar mi sentimiento de timidez inmensa y vergüenza de hablar. Me frustraba mucho porque me hacía sentir que había una distancia entre mi verdadero yo y la imagen que mostraba a los demás, una distancia que no podía superar.
Dos semanas después, conocí a mi familia anfitriona por primera vez. Mi primera impresión fue que eran muy amables y abiertos. Aun así, me resultaba muy difícil hablar con libertad y confianza. Cada cena fue difícil; cada oración que decía sólo podía notar que no estaba sonando completamente correcta o fluida. Si no tenía la idea completa en mi mente antes, no era posible para mí empezar a hablar – y así no hay manera de tener una conversación fluida. Durante el primer mes, sentí que no estaba mejorando, que cada día era tan difícil hablar español como el día anterior.
Todo cambió cuando tuve una cena con mi amigo del programa y su madre anfitriona. Pensaba que sería más fácil para todos mis compañeros hablar con sus familias porque su español era mejor que el mío. Me sorprendió ver que, aunque mi amigo tenía un nivel de español muy similar al mío, estaba hablando con casi fluidez, no porque supiera cada palabra y cada regla gramatical sino porque no tenía miedo a equivocarse. En ese momento, me di cuenta de que mi vergüenza era innecesaria, y con la madre anfitriona de mi amigo, por fin, pude hablar con fluidez. Desde entonces, hablar me ha resultado mucho más fácil y he podido desarrollar nuevas perspectivas sobre esta experiencia aprendiendo español que pueden ayudar a otros:
- No midas tu nivel de español basándote en lo parecido que sea al de un hablante nativo. Lo mejor es medirlo por cuánto logras transmitir una idea.
- Es mejor equivocarse que quedarse en silencio.
- Nadie te juzga tan duramente como tú mismo.
- Las personas con las que hablas esperan que cometas errores. Piensa en ellos como algo encantador en lugar de vergonzoso.
Cuando pude adoptar esa perspectiva, sentí que mi español comenzó a mejorar mucho más rápido. No fue porque aprendiera más vocabulario o gramática, sino porque no tenía tanto miedo de no saber cosas. Perder mi vergüenza fue difícil, y tomó más tiempo de lo que esperaba, pero solo era cuestión de poner en práctica estas pocas ideas clave.

