Los dulces de las monjas

Por Sophia Samant

España tiene una tradición única y deliciosa en la que participé. Como país principalmente católico, hay monasterios innumerables en cada región de España. Según La Conferencia Episcopal Española de 2023 hay 725 monasterios y 8,326 monjas de clausura, lo que significa que no pueden salir del monasterio ni mostrar su cara a nadie fuera del monasterio. En el pasado, ellas necesitaban una manera de ganar dinero para mantener sus actividades, pues para muchos monasterios la iglesia no daba dinero suficiente para continuar sus actividades caritativas y su manera de vida. Por eso las monjas desarrollaron otra fuente de dinero–vender dulces a la gente. Usaban ingredientes simples, locales, y muchas veces cosas que crecían dentro del monasterio en sus huertos. Muchas de las recetas eran secretas y típicas de su pueblo o región. Hoy en día han conservado sus recetas antiguas y todavía venden dulces como manera de apoyar sus actividades. Ir a los monasterios para comprar los dulces ofrece una oportunidad para participar en una tradición que ha existido por siglos de siglos.

En Madrid, El Convento de Corpus Christi de las Carboneras está en la zona histórica de la ciudad, cerca de La Plaza del Conde Miranda. Fue fundado en 1607 por Beatriz Ramírez de Mendoza, una condesa, y hoy en día todavía aloja a una comunidad de monjas de clausura como en el siglo XVII. Ellas venden sus dulces cada día, así que fui con mi amiga para probarlos. Entramos por una puerta modesta a un espacio tranquilo lleno de altares y una caja para donaciones. Había una flecha que señalaba la dirección al torno que es la tecnología que ha permitido a las monjas de clausura vender sus dulces sin mostrar sus caras a la gente del exterior. Un torno es como un ‘lazy susan’ en su manera de girar. Por el otro lado de la pared oímos la voz de una monja preguntando qué tipo de galleta queríamos. Contestamos “medio kilogramo de nevaditos,” los cuales son galletas de azúcar glas, y pusimos efectivo en el torno. El torno giró, ella calculó nuestro cambio, y el torno giró otra vez con algunas monedas y los nevaditos. Después fuimos a la iglesia anexada al monasterio donde dentro olía dulce como las galletas.

Después hablé sobre la experiencia con mi madre anfitriona. Ella dijo que ha sido una tradición por siglos. En su niñez se crio en un pueblo pequeño de La Mancha con su propio monasterio que vendía dulces. Los niños del pueblo iban al monasterio y pedían los recortes de las galletas, las partes que no iban a usar, y se los comían. Es muy chulo que todavía podamos participar en esta tradición antigua.

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