Manejar mis responsabilidades en Subrosa Café

Por Nathaniel Atkin

Algo que suele costarme mucho en cualquier circunstancia es la gestión del tiempo. Me distraigo muy fácilmente, y cuando tengo mucho para meter en mi día, es difícil manejar todo lo que tengo que hacer. Especialmente en este programa, donde tenía tanta libertad que parecía que podía hacer lo que quisiera cada día, me costaba mucho hacer lo que tenía que hacer. Estas obligaciones casi no parecían reales, entre las olas constantes de discotecas y experiencias que cambian la vida. Y claro, esto no estaba bien, porque (como tenía que recordarme a mí mismo muchas veces durante mi tiempo en Madrid) en realidad, era estudiante y tenía clases reales con notas muy reales. No era sostenible esta fantasía. Así que, después de haber procrastinado durante dos semanas para evitar un ensayo que tenía que entregar al siguiente día, me di cuenta de que este ensayo era, de hecho, real. Regresando a mi casa desde la estación Atocha por el barrio Retiro, esta epifanía se volvía más real cada vez. No sabía cómo empezar. Sabía que en el momento que volviera a casa, me dormiría como una paloma madrileña (había notado que las palomas ahí suelen dormir mucho más que las de mi hogar de Nueva York, que siempre parecen hipervigilantes). En cualquier caso, ir a casa no era una buena idea.

Pasando por la estación de metro Alonso Martinez, pensé en ir a la biblioteca para hacer mi trabajo ahí. Sería un ambiente más productivo, me dije. Luego recordé la última vez que fui a la biblioteca Eugenio Trías en el parque Retiro con mi amiga, en la que me enganché en Instagram Reels por una hora. Me convencí que era un descanso en el estilo de la técnica Pomodoro, y terminé buscando, encontrando y leyendo en su totalidad la versión española del primer libro de la serie de novelas gráficas Bone. Es decir, ningún trabajo fue realizado. Pues no, me dije. Así que continué andando sin dirección. En ese momento, mi amiga, que había estado andando a mi lado y a quien yo casi olvidé entre mis pensamientos de palomas madrileñas y Bone, me dio una sugerencia:

– Hay una cafetería muy guay que mi madre anfitriona me sugirió. Pero no sé dónde. Ella me dijo que “No es el Burguer, pero está al lado del Burguer”

– “El Burguer?”

“Así llaman a Burger King aquí.”

– “Vale, la buscamos.”

Andamos por la calle de la casa de mi amiga, buscando nuestro punto de referencia, muy apropiado para dos estadounidenses perdidos. Por fin encontramos el Burger King. Y allí, al lado, estaba Subrosa Café. Estaba claro que era un sitio mono y muy acogedor. La iluminación suave les daba un ambiente cálido a las mesas de madera. Olía a pan y tortillas, y a lo largo de la ventana había gente trabajando en sus ordenadores. Era justo lo que necesitaba. Inmediatamente, mi amiga y yo empezamos a trabajar. El camarero nos dio la carta, que tenía tantas opciones ricas que casi no podíamos elegir una. Yo decidí pedir las tortitas de calabaza y batata, y ella el bocadillo de focaccia. Los dos también pedimos chai lattes, cuyo aroma otoñal ya emanaba desde la cocina. Toda la comida era sabrosísima. Además, en el café callado y cómodo, encontré que podía hacer mi trabajo sin distracciones, sin pensamientos errantes, y sin el sentimiento típicamente omnipresente de que podría hacer lo que quisiera en la ciudad entera, y que lo que quisiera obviamente sería más divertido que escribir sobre los niveles de variación lingüística en la península ibérica durante dos horas. Es decir, mucho trabajo fue realizado. A la hora de salir, el cielo estaba lleno de la luz naranja del atardecer, mi ensayo lleno de palabras sofisticadas que me hacían sentirme muy lingüísticamente competente, y mi estómago lleno de té chai y tortitas. Mi ansiedad bajaba con el sol durante mi camino hasta mi casa, y más adelante, calentito en mi cama, sabía que tenía que volver.

Y sí, volví muchas veces, tantas que el ambiente que una vez sirvió como un lugar para concentrarme en mi trabajo se volvió con el tiempo un lugar para disfrutar comida deliciosa y pasarlo bien con amigos. Pero bueno, nada dura para siempre. Sabía que encontraría muchos sitios tan guays y tan propicios para estudiar y trabajar. Y claro que los encontré. Después de todo, podía hacer lo que quisiera donde quisiera. Sin embargo, al Café Subrosa siempre lo voy a recordar como el lugar más cómodo de la ciudad de Madrid, que me salvó de evitar mis propias responsabilidades.

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