Schmidleys XI en la Liga Moratalaz, Fútbol vs. Soccer

Por Anthony Avallone

Desde que nací y crecí en Roma, Italia, y me mudé a los Estados Unidos para ir a la universidad, el fútbol siempre ha sido el centro de mi vida. Así paso mis fines de semana, así paso tiempo con mis amigos, e incluso es la razón por la que estoy en Wesleyan University. Cuando viajo, el “juego del mundo” es la manera en que hago nuevas conexiones, conozco culturas, visito ciudades e incluso aprendo algunos detalles de la historia y la política: el fútbol está presente, de una manera u otra, en cada rincón del mundo.

Su presencia universal, como mencioné, crea diferencias y detalles en cada región, país, ciudad y barrio también. Por eso, cuando me mudé a Madrid en enero, una de mis prioridades era unirme a un equipo de fútbol para poder jugar de manera competitiva cada semana. Por suerte, algunos de mis mejores amigos de mi infancia estudian en la universidad en Madrid, entonces me han unido a su equipo en una liga que ya había empezado antes en el año. Se llama “Liga Moratalaz” y nuestro equipo es “Schmidleys XI”. Algo que me pareció muy interesante desde el principio, incluso antes de llegar a Madrid, fue ver la clasificación en vivo y los nombres de los equipos. Algunos de ellos eran “Naranja Mecánica”, “Los Animales” o “Atlético de Pigmalión”, y después nosotros: “Schmidleys XI”. Como mis amigos van a una universidad internacional en Madrid, todos los jugadores de nuestro equipo también son internacionales, en su mayoría de Inglaterra. Sin embargo, de los otros 13 equipos de la Liga Moratalaz, no había ningún jugador que no fuera de España o Latinoamérica. En el viaje en metro a mi primer partido en enero, mientras estábamos hablando de formaciones y tácticas, me di cuenta inmediatamente de que tenía que cambiar de mentalidad: ahora estaba jugando otra vez en el sur de Europa, no en Connecticut.

Durante los 20 minutos previos al partido, 18 fueron para explicarme a mí y al otro jugador nuevo qué necesitábamos saber sobre los árbitros y jugadores españoles. Lo primero que todos me dijeron fue que tenía que gritarle al árbitro después de cada decisión. En los Estados Unidos, si hablas con el árbitro y no eres el capitán, recibes una tarjeta amarilla. Hacía tres años que no jugaba un partido competitivo en el sur de Europa, así que necesitaba un poco de tiempo para acostumbrarme otra vez. Cuando pregunté a mis compañeros por qué esto era tan importante, me respondieron que todos en los otros equipos gritan e insultan al árbitro después de cada decisión, y se deja influenciar por eso, entonces ¿por qué nosotros no? Otra cosa que me dijeron, y que tuve que eliminar de mi mente cuando empecé a jugar en los Estados Unidos, fue tirarse al suelo o exagerar algunas faltas. En los Estados Unidos, cualquier simulación resulta en tarjeta amarilla, y muchas veces los árbitros dejan continuar el juego mucho más. En España aprendí que, como en Italia, esto es literalmente una parte importante del juego. Hay un elemento de teatralidad que es mal visto en los Estados Unidos y que me había extrañado. Finalmente, otra gran diferencia fue la preparación para los partidos. En los Estados Unidos, todo se trata de la preparación física, la recuperación y el calentamiento; casi parece más importante que el partido real. El calentamiento en la Liga Moratalaz daba importancia a todo menos a eso: todos llegaban 15 minutos antes del inicio, pasaban el balón por 5 minutos y tiraban tres veces al portero, y el árbitro silbaba para empezar el partido. Al final de los partidos no había estiramientos ni recuperación física. La recuperación de “Schmidleys XI” era una cena en equipo o unas cervezas juntos, dependiendo de la hora.

Esta experiencia me recordó lo que el fútbol significa para mí y, al mismo tiempo, fue muy divertido e interesante poder notar las diferencias de jugar al fútbol en distintas partes del mundo. Además, terminé marcando 15 goles en 10 partidos y casi gané el premio al máximo goleador de la liga, a pesar de jugar solo la mitad de la temporada. Schmidleys XI terminó en cuarto lugar en la temporada regular, y los playoffs empezarán pronto, ¡así que espero que ganemos toda la liga!

Clasificación de la Liga Moratalaz antes de los Playoffs, 8/5/2026

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La sobremesa como institución cultural (y herramienta de integración)

Por Arantza Artieda

Es cierto que en Estados Unidos vivimos una vida de prisa. Andamos a la carrera, y muchas veces no nos damos cuenta de eso hasta que vamos a otro sitio y vemos que nuestro ritmo no es lo normal. Al llegar a Madrid, me di cuenta de que a los españoles les gusta mucho reconocer este gran defecto que tiene Estados Unidos. Algo que ven en la gente extranjera en España y también en los libros, series, y películas nuestras: no paramos para nada. Desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, rara vez nos damos el tiempo para relajarnos, reflexionar, o simplemente disfrutar de lo que tenemos alrededor.

En el caso de los estudiantes universitarios estadounidenses, esto es aún más evidente: durante el curso estudiamos, y en “vacaciones” trabajamos o hacemos prácticas. Simplemente es nuestra cultura, y si no lo hacemos así, sentimos, y la sociedad nos dice, que estamos perdiendo el tiempo. Para muchos españoles, esto resulta difícil de entender. Literalmente no pueden conceptualizar vivir una vida donde no puedan tomar una pausa si es que quieran o lo necesiten.

Mi familia, incluyendo mis padres inmigrantes peruanos, también se ha suscrito a este ritmo. No tuvieron otra opción: llegaron sin red de apoyo. Aun así, siguen recordando la vida en Perú, donde había más espacio para compartir, y no vivir siempre mirando el reloj. Para ellos, ese fue su mayor shock cultural al llegar a Estados Unidos.

En España, en cambio, he sido reintroducida a un concepto muy cotidiano: la sobremesa.

La sobremesa es algo casi invisible que ocurre cuando ya están retirados los platos y todos han terminado de comer. En muchas casas en Estados Unidos, esto significa levantarse, recoger, y seguir con el día – cada uno en su propio plan. Pero bueno, en la casa de mi familia anfitriona, y en la mayoría de los pisos, restaurantes y casas en Madrid y en las afueras, significa todo lo contrario. Para ellos, significa quedarse horas, hablando de todo y de nada. Se siente como si el tiempo cambiara de ritmo, las conversaciones se alargan y la mesa deja de ser un lugar para comer y se convierte en un lugar para estar. Esto es lo que le llaman la sobremesa.

Al principio puede costar acostumbrarse. Pero con el tiempo entiendes que no es una pérdida de tiempo, más bien, una forma de recuperarlo. Muchas de las conversaciones más honestas que he tenido aquí han surgido así, sin planearlas, después de comer, con la barriga llena de tortilla de patata. En mi casa, es normal quedarse hasta dos horas después de cenar. A veces eso significa llegar tarde a otros planes, pero cada vez me importa menos.

Quizás eso es lo que más me llevo de esta experiencia: una forma distinta de entender el tiempo. No como algo que se gasta, sino como algo que se comparte. Algo que se estira cuando vale la pena, algo que no tiene que ser productivo para ser valioso.

Cuando vuelvas a casa, no hace falta que repliques la sobremesa exactamente. Pero sí puedes intentar llevarte algo de su esencia: quedarte un poco más después de comer, guardar el móvil, alargar una conversación, darte permiso de no hacer nada “útil” por un rato.

Porque al final, no se trata solo de hablar más, sino de estar más. Y en ese proceso, te darás cuenta de que todo – hasta lo más cotidiano – se vuelve un poco más significativo.

Si tuviera que recomendar una sola cosa para entender España de verdad, no diría un museo ni un monumento. Diría: quédate en la mesa después de comer.

La sobremesa como institución cultural (y herramienta de integración)

Es cierto que en Estados Unidos vivimos una vida de prisa. Andamos a la carrera, y muchas veces no nos damos cuenta de eso hasta que vamos a otro sitio y vemos que nuestro ritmo no es lo normal. Al llegar a Madrid, me di cuenta de que a los españoles les gusta mucho reconocer este gran defecto que tiene Estados Unidos. Algo que ven en la gente extranjera en España y también en los libros, series, y películas nuestras: no paramos para nada. Desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, rara vez nos damos el tiempo para relajarnos, reflexionar, o simplemente disfrutar de lo que tenemos alrededor.

En el caso de los estudiantes universitarios estadounidenses, esto es aún más evidente: durante el curso estudiamos, y en “vacaciones” trabajamos o hacemos prácticas. Simplemente es nuestra cultura, y si no lo hacemos así, sentimos, y la sociedad nos dice, que estamos perdiendo el tiempo. Para muchos españoles, esto resulta difícil de entender. Literalmente no pueden conceptualizar vivir una vida donde no puedan tomar una pausa si es que quieran o lo necesiten.

Mi familia, incluyendo mis padres inmigrantes peruanos, también se ha suscrito a este ritmo. No tuvieron otra opción: llegaron sin red de apoyo. Aun así, siguen recordando la vida en Perú, donde había más espacio para compartir, y no vivir siempre mirando el reloj. Para ellos, ese fue su mayor shock cultural al llegar a Estados Unidos.

En España, en cambio, he sido reintroducida a un concepto muy cotidiano: la sobremesa.

La sobremesa es algo casi invisible que ocurre cuando ya están retirados los platos y todos han terminado de comer. En muchas casas en Estados Unidos, esto significa levantarse, recoger, y seguir con el día – cada uno en su propio plan. Pero bueno, en la casa de mi familia anfitriona, y en la mayoría de los pisos, restaurantes y casas en Madrid y en las afueras, significa todo lo contrario. Para ellos, significa quedarse horas, hablando de todo y de nada. Se siente como si el tiempo cambiara de ritmo, las conversaciones se alargan y la mesa deja de ser un lugar para comer y se convierte en un lugar para estar. Esto es lo que le llaman la sobremesa.

Al principio puede costar acostumbrarse. Pero con el tiempo entiendes que no es una pérdida de tiempo, más bien, una forma de recuperarlo. Muchas de las conversaciones más honestas que he tenido aquí han surgido así, sin planearlas, después de comer, con la barriga llena de tortilla de patata. En mi casa, es normal quedarse hasta dos horas después de cenar. A veces eso significa llegar tarde a otros planes, pero cada vez me importa menos.

Quizás eso es lo que más me llevo de esta experiencia: una forma distinta de entender el tiempo. No como algo que se gasta, sino como algo que se comparte. Algo que se estira cuando vale la pena, algo que no tiene que ser productivo para ser valioso.

Cuando vuelvas a casa, no hace falta que repliques la sobremesa exactamente. Pero sí puedes intentar llevarte algo de su esencia: quedarte un poco más después de comer, guardar el móvil, alargar una conversación, darte permiso de no hacer nada “útil” por un rato.

Porque al final, no se trata solo de hablar más, sino de estar más. Y en ese proceso, te darás cuenta de que todo – hasta lo más cotidiano – se vuelve un poco más significativo.

Si tuviera que recomendar una sola cosa para entender España de verdad, no diría un museo ni un monumento. Diría: quédate en la mesa después de comer.

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Revelando Madrid

Por Sofía Guzmán Abrahamson

Uno de mis rituales favoritos, en cualquier lugar, es el proceso de revelar mis fotos. Este ritual empezó durante la escuela secundaria, cuando encontré una cámara pequeña que mi padre había comprado en los años noventa, y él me enseñó cómo usarla para sacar fotos con carretes de película. El proceso no solo de sacar fotos, sino también de llevarlos a un laboratorio, se convirtió rápidamente en parte importante de mi rutina mensual. Cuando llegué a Vassar, aprendí cómo revelar mis propias fotos, y eso también se convirtió en parte de mi rutina y uno de mis pasatiempos más queridos.

A punto de llegar a Madrid, ya sabía que tenía que encontrar un sitio para revelar mis carretes. Un lugar que hace todo, o, mejor, un laboratorio que podría usar para hacerlo yo misma. Necesitaba un lugar no muy lejos, no muy caro, y de buena calidad. Después de poco tiempo, encontré Cuarto Color Lab por recomendación de un amigo, y empecé a llevar mis fotos allí. Les hacen un trabajo buenísimo (aún si no es tan rápido como mi laboratorio en Nueva York… pocas cosas aquí van tan rápido como Nueva York, y es una buena lección de paciencia y tranquilidad). Aquí están algunos ejemplos de fotos que revelé en Cuarto Color Lab:

Dos Mujeres paseando por el Matadero de Madrid durante Carnaval

Una mujer sentada durante la Feria de Sevilla

Pero todavía estaba extrañando mucho el cuarto oscuro en el tercer piso del College Center en Vassar, y pensar en el precio de revelar todas mis fotos me daba pena. Cuando Cuarto Color Lab subió sus precios, sabía que tenía que buscar otras opciones. Un día, repasando un Reddit thread sobre laboratorios y fotografía en Madrid, encontré un comentario chiquito sobre un lugar llamado “Contado Pierde,” de hace cuatro años. Parecía perfecto: un laboratorio comunitario cerca del barrio del Rastro, entre Embajadores y La Latina. Ya un barrio que me gustaba mucho explorar, me sorprendí de que no lo había encontrado antes, pero así es la vida. A veces necesitas Reddit para encontrar lo que hay justo bajo tu nariz. Entonces, con el tiempo ya volando y solo un mes, más o menos, que me quedaba en Madrid, fui a Calle del Carnero 15 para aprender más. La chica que trabajaba allí me ayudó a pedir una fecha para alquilar el laboratorio, y después de una semana de esperar y contar los días, fui una tarde a Contado Pierde con cuatro carretes terminados de Ilford HP5 rebotando en mi bolsa.

Con aprehensión, bajé al sótano, pero fue una aprehensión que no era necesaria. Otra chica me recibió con gusto y escribió las instrucciones de nuevo en el pizarrón para ayudarme. Ella me enseñó dónde podía encontrar toda la química, herramientas, y guantes, y más, y dónde podía pedir más ayuda si lo necesitaba. Y entonces, revelé mis carretes, recordando la secuencia familiar más y más a cada paso. Cuando salí, los carretes no rebotaban nada más. En su lugar, tenía cuatros mangas plásticas de negativos, lisos y brillantes, seguros en mi bolsa entre libros y recibos olvidados de los meses pasados. Regresé unos días después para escanearlos, sentada frente a un ordenador anciano en el sótano, cortando y escaneando para enviarlos a mis amigos. Durante todo mi tiempo en el laboratorio de Contado Pierde, descubrí que la gente siempre estaba disponible para ayudar o charlar. Aprendí un vocabulario nuevo en español, y por fin encontré no solo uno de mis pasatiempos favoritos en Madrid, sino también una comunidad de gente con la misma pasión.

Si a ti también te gusta sacar y revelar tus propias fotos, no puedo recomendar Contado Pierde más. Y si tienes hambre después de horas en el cuarto oscuro, está la panadería Novo Mundo Pan justo al lado, y también si caminas más o menos cinco minutos más dentro de Embajadores, puedes encontrar Mansilla Libros y Café (y un montón de otros cafés) para relajarte y trabajar. Si te vas a Contado Pierde en un domingo, vas a encontrar una escena muy diferente de cualquier otro día de la semana. Todos los cafés y restaurantes llenos, y las calles también apretadas con antigüedades y ropa del Rastro. Eso también es muy divertido, pero para un día más tranquilo no lo recomendaría.

Y por supuesto, si no quieres revelar fotos tú mismo, siempre hay muchos otros laboratorios que pueden hacerlo de manera profesional. Todavía recomiendo mucho Cuarto Color Lab, uno de los más económicos y convenientes que encontré durante mi estancia en Madrid.

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Quijotes y Dulcineas: Frisbee en Madrid

Por Cecilia Coughlin

Antes de llegar a Madrid, pensaba que no sería posible jugar al frisbee en el extranjero. Pero, para mi sorpresa, un antiguo estudiante de VWM me recomendó un equipo de frisbee en la ciudad. Y, a pesar de mi aprensión inicial, ha resultado ser una de mis experiencias más destacadas de mi vida aquí. El equipo, Quijotes y Dulcineas, es el club de Ultimate Frisbee más antiguo y grande de Madrid. Se trata de un equipo mixto, que compite y entrena en equipos mixtos, femeninos y masculinos. Los entrenamientos se llevaban a cabo en un campo del barrio de La Elipa, al noreste de la ciudad. O, como dicen los locales: “¡la Elipa que se flipa!”

Durante el primer mes de entrenos, como estaban abiertos a todo el mundo, cualquiera podía asistir. No importaba si habías jugado durante diez años o si era tu primera vez tocando un disco. Los entrenos se realizaban por la noche, dos veces por semana. Por tanto, no interferían con mi horario académico. La verdad es que era el nivel perfecto de compromiso y, al mismo tiempo, una gran oportunidad para estar al aire libre, conocer gente nueva, practicar español y disfrutar un poco del ambiente competitivo.

Hacia octubre, la fase de pruebas ya había terminado, y el equipo se dividió en dos: A y B. Esta división hizo que el equipo fuera más accesible para cualquiera interesado, permitiendo diferentes niveles de compromiso. Fui seleccionada para el B, así que no participé en torneos grandes. Pero, aun así, pude practicar dos veces por semana: un día en un entrenamiento mixto con los Quijotes y, el otro, en el femenino. Esto fue perfecto para mí, me encantaba poder jugar frisbee en un equipo mixto, algo que no había hecho antes en Wesleyan.

Jugar frisbee en un equipo español también me permitió practicar el idioma, y fue la mayor oportunidad que tuve para una verdadera inmersión cultural. Aprendí mucho vocabulario de frisbee en español (aunque, para ser honesta, gran parte de la jerga son frases en inglés). Además, gracias al equipo conocí a españoles, así como a otros estudiantes internacionales en programas de intercambio. Algunos de ellos se convirtieron en mis amigos más cercanos durante el semestre, ya que el equipo también organiza muchos eventos sociales fuera de los entrenamientos.

Asimismo, una de mis vivencias más especiales durante el semestre fue gracias al equipo. Después de los entrenamientos, algunos amigos y yo íbamos al bar/restaurante local que estaba cerca del campo. Allí, nos sentábamos afuera, pedíamos cervezas, comíamos algunas tapas y disfrutábamos de la llamada “sobremesa”. Fue aquí donde me expuse al ambiente comunitario que España tiene para ofrecer.

Nos volvimos muy cercanos a los trabajadores del restaurante y a los vecinos del barrio que frecuentaban ese bar. Celebramos juntos uno de sus cumpleaños, pasamos tiempo hablando después del entrenamiento e incluso vinieron a ver nuestros entrenamientos. Las conversaciones que mantuve con los maravillosos trabajadores y vecinos fueron una de las mejores oportunidades que tuve para mejorar mi nivel de español. Todo ello fue un bonito choque cultural: me sorprendió lo amigable que era todo el mundo y la posibilidad de hacer amigos de distintas generaciones.

En definitiva, el club de frisbee y la experiencia de ir a La Elipa dos veces por semana fue una parte muy significativa de mi estancia en Madrid. Sin lugar a dudas, recomiendo a cualquier persona que en un futuro estudie en la ciudad que lo pruebe, tanto si nunca ha jugado al frisbee como si busca seguir practicándolo mientras está en el extranjero. ¡Es una oportunidad perfecta para practicar deporte, mejorar tu español y sumergirte en la cultura española!

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El arte de perderse

Por Tenley Flint

Cuando llegues por primera vez a Madrid, todo parecerá nuevo, abrumador, incluso casi imposible de entender. La ciudad será un misterio gigante: el horario, el transporte público, las dinámicas de tu familia anfitriona te resultarán completamente extrañas… Pero, al final, todo empezará a cambiar. Irás a clase, el Cercanías ya no será tan confuso, y algo inevitable te ocurrirá: te sentirás cómodo en tus rutinas. Es cierto. Lo sé porque me pasó a mí. Caminaba cada mañana la misma ruta hacia la misma estación del metro para coger el mismo tren en Atocha, bajándome en Las Margaritas como si hubiera nacido para ello. Cuando mis clases terminaban, regresaba a Madrid y corría en el Parque del Retiro. El mismo camino. Una y otra y otra vez.

Me di cuenta de mi dependencia de la rutina cuando hicimos nuestro viaje a Sevilla. Por primera vez, llevé mis zapatillas de correr con la intención de explorar la ciudad corriendo. Me levanté por la mañana, elegí una dirección y salí a correr. ¡Fue increíble! Los kilómetros parecían volar mientras las carreteras revelaban edificios y parques. Estaba tan absorta en la belleza que me dio igual cuando empezó a llover y volví al hotel completamente empapada. Tuve una revelación: ¿por qué no podía explorar Madrid de la misma manera? Decidí que al llegar a casa cumpliría mi nueva promesa. Me perdería por las calles de Madrid.

Unos días después, salí a correr. Salí de mi apartamento y giré por mi calle, en dirección contraria a mi famosa ruta diaria (de casa al metro, del tren a la universidad, del tren al metro, de vuelta a casa y, inevitablemente, al Retiro). Entonces, corrí. Corrí tan rápido como pude. Bueno, corrí a una velocidad bastante respetable. Como suele ocurrir en los paseos sin rumbo, la ruta no fue del todo increíble. Tuve que serpentear y esperar en los pasos de peatones, hasta que con el rabillo del ojo vi un puente azul y decidí cruzarlo. Este puente me condujo a una carretera, que me llevó a otra, que me llevó a otra que conducía hacia la entrada de un parque; así que seguí caminando. Había entrado en el Parque de la Cuña Verde de O’Donnell, algo que nadie menciona cuando te recomiendan qué hacer en Madrid. No está exquisitamente cuidado como el Retiro, ni parece infinito como la Casa de Campo, pero era el lugar perfecto para perderse. Me encantaron los sinuosos caminos de tierra, las interesantes estructuras de juego y las vistas de las montañas lejanas desde lo alto de la colina. Perderme en el parque fue como volver a vivir Madrid. Es fácil sentirse cómodo en un lugar después de vivir unos meses, pero es fácil olvidar cuántos misterios aún ofrece la ciudad. En el parque, sentí que uno de esos misterios se me había revelado, y me dieron ganas de explorar más.

Así que, si te llevas algo de esto, que sea: ¡piérdete! Nunca sabes qué misterios te esperan mientras pasas los días construyendo tu nueva rutina. Tómate un tiempo para explorar, solo o con amigos. Y, por supuesto, visita el Parque de la Cuña Verde de O’Donnell.

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Los dulces de las monjas

Por Sophia Samant

España tiene una tradición única y deliciosa en la que participé. Como país principalmente católico, hay monasterios innumerables en cada región de España. Según La Conferencia Episcopal Española de 2023 hay 725 monasterios y 8,326 monjas de clausura, lo que significa que no pueden salir del monasterio ni mostrar su cara a nadie fuera del monasterio. En el pasado, ellas necesitaban una manera de ganar dinero para mantener sus actividades, pues para muchos monasterios la iglesia no daba dinero suficiente para continuar sus actividades caritativas y su manera de vida. Por eso las monjas desarrollaron otra fuente de dinero–vender dulces a la gente. Usaban ingredientes simples, locales, y muchas veces cosas que crecían dentro del monasterio en sus huertos. Muchas de las recetas eran secretas y típicas de su pueblo o región. Hoy en día han conservado sus recetas antiguas y todavía venden dulces como manera de apoyar sus actividades. Ir a los monasterios para comprar los dulces ofrece una oportunidad para participar en una tradición que ha existido por siglos de siglos.

En Madrid, El Convento de Corpus Christi de las Carboneras está en la zona histórica de la ciudad, cerca de La Plaza del Conde Miranda. Fue fundado en 1607 por Beatriz Ramírez de Mendoza, una condesa, y hoy en día todavía aloja a una comunidad de monjas de clausura como en el siglo XVII. Ellas venden sus dulces cada día, así que fui con mi amiga para probarlos. Entramos por una puerta modesta a un espacio tranquilo lleno de altares y una caja para donaciones. Había una flecha que señalaba la dirección al torno que es la tecnología que ha permitido a las monjas de clausura vender sus dulces sin mostrar sus caras a la gente del exterior. Un torno es como un ‘lazy susan’ en su manera de girar. Por el otro lado de la pared oímos la voz de una monja preguntando qué tipo de galleta queríamos. Contestamos “medio kilogramo de nevaditos,” los cuales son galletas de azúcar glas, y pusimos efectivo en el torno. El torno giró, ella calculó nuestro cambio, y el torno giró otra vez con algunas monedas y los nevaditos. Después fuimos a la iglesia anexada al monasterio donde dentro olía dulce como las galletas.

Después hablé sobre la experiencia con mi madre anfitriona. Ella dijo que ha sido una tradición por siglos. En su niñez se crio en un pueblo pequeño de La Mancha con su propio monasterio que vendía dulces. Los niños del pueblo iban al monasterio y pedían los recortes de las galletas, las partes que no iban a usar, y se los comían. Es muy chulo que todavía podamos participar en esta tradición antigua.

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¡Aprovecha las experiencias incómodas mientras vives en una cultura distinta!

Por Reza Hall

Creo que aprendemos más cuando estamos en situaciones incómodas y difíciles. Esto es especialmente verdad en el caso de las experiencias universitarias en el extranjero, donde no solo aprendemos una nueva lengua sino también una nueva cultura.

Este semestre, unos amigos del programa y yo formamos parte de un equipo de baloncesto de la liga de la competición interna del UC3M (aquí dejo el vínculo con la información), ¡cuyos gastos fueron reembolsados por el programa! La liga funciona como las competiciones de intramural en Vassar y Wesleyan, pero es más seria y competitiva. La mayoría de los jugadores de nuestro equipo era estadounidense, y jugábamos contra estudiantes de UC3M de muchas nacionalidades. Yo era el “delegado” del equipo, así que organizaba junto con el coordinador de la competición y los otros delegados cuestiones como los espacios, fechas y horarios. La verdad es que fue muy difícil y estresante encontrar cada semana horarios que funcionaran para un número suficiente de jugadores. Envié y recibí miles de mensajes de WhatsApp, comunicándome con el coordinador y los delegados en castellano e informando a mi equipo de las últimas noticias en inglés. Al principio me resultó tedioso hacer este trabajo. Pero, me di cuenta de que estaba aprendiendo un montón de palabras y estructuras gramaticales nuevas, todo lo cual ponía en mi aplicación de flashcards digitales para practicar (¡Anki es la mejor opción!). Todo ello a la vez que aprendía a cómo comunicarme efectivamente y con autoridad en castellano. Esta experiencia fue, sin duda, lo que más ha mejorado mis habilidades para chatear en español y mis habilidades comunicativas en el plano interpersonal.

Aunque fui el delegado del equipo durante el semestre entero, tuve una lesión en el segundo partido: un esguince de tobillo de segundo grado que me dañó los ligamentos. Ocurrió el 31 de octubre, en la noche de Halloween, en la mitad del semestre. Tenía que llevar una bota y muletas por casi dos semanas, y hacer sesiones de rehabilitación (physical therapy). Esto me frustró mucho porque interrumpió la rutina que había adoptado, y no me permitió ni jugar otro partido de baloncesto ni ir a otro entrenamiento del equipo de Ultimate Frisbee con el que estaba jugando, los Inmortales. ¡Pero, rápidamente me di cuenta de que estaba viviendo una experiencia única que debía aprovechar! La lesión me forzó a navegar por el sistema de salud de Madrid. Fue un desafío encontrar un hospital y un lugar de rehabilitación. En comparación con el entorno de la universidad—y también con el de mi barrio, Sol, donde hay una gran cantidad de angloparlantes—casi nadie me hablaba en inglés, ni en el hospital ni en mi centro de rehabilitación. Mi español mejoró considerablemente, y me sentí muy satisfecho al comunicarme con los doctores y los teleoperadores en castellano con éxito. Y, aparte de la bota y muletas, ¡todo estaba cubierto por nuestro plan de ASISA! En este enlace hay una lista de hospitales recomendados por el programa y cubiertos por ASISA. Al enfrentarme a estas situaciones, me sentí por primera vez como un verdadero residente de Madrid, como un ciudadano español en apuros afrontando los problemas de la vida diaria. ¡Algo que me hizo muy feliz!

Para concluir, supongo que quiero que todos busquéis oportunidades fuera de la zona de confort. ¡Abrazad y disfrutad lo incómodo! Cuando algo salga mal, ¡aprovechadlo! Es parte de la experiencia de estudiar en extranjero, y la mejor manera de mejorar el castellano y aprender sobre la sociedad madrileña y española.

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Manejar mis responsabilidades en Subrosa Café

Por Nathaniel Atkin

Algo que suele costarme mucho en cualquier circunstancia es la gestión del tiempo. Me distraigo muy fácilmente, y cuando tengo mucho para meter en mi día, es difícil manejar todo lo que tengo que hacer. Especialmente en este programa, donde tenía tanta libertad que parecía que podía hacer lo que quisiera cada día, me costaba mucho hacer lo que tenía que hacer. Estas obligaciones casi no parecían reales, entre las olas constantes de discotecas y experiencias que cambian la vida. Y claro, esto no estaba bien, porque (como tenía que recordarme a mí mismo muchas veces durante mi tiempo en Madrid) en realidad, era estudiante y tenía clases reales con notas muy reales. No era sostenible esta fantasía. Así que, después de haber procrastinado durante dos semanas para evitar un ensayo que tenía que entregar al siguiente día, me di cuenta de que este ensayo era, de hecho, real. Regresando a mi casa desde la estación Atocha por el barrio Retiro, esta epifanía se volvía más real cada vez. No sabía cómo empezar. Sabía que en el momento que volviera a casa, me dormiría como una paloma madrileña (había notado que las palomas ahí suelen dormir mucho más que las de mi hogar de Nueva York, que siempre parecen hipervigilantes). En cualquier caso, ir a casa no era una buena idea.

Pasando por la estación de metro Alonso Martinez, pensé en ir a la biblioteca para hacer mi trabajo ahí. Sería un ambiente más productivo, me dije. Luego recordé la última vez que fui a la biblioteca Eugenio Trías en el parque Retiro con mi amiga, en la que me enganché en Instagram Reels por una hora. Me convencí que era un descanso en el estilo de la técnica Pomodoro, y terminé buscando, encontrando y leyendo en su totalidad la versión española del primer libro de la serie de novelas gráficas Bone. Es decir, ningún trabajo fue realizado. Pues no, me dije. Así que continué andando sin dirección. En ese momento, mi amiga, que había estado andando a mi lado y a quien yo casi olvidé entre mis pensamientos de palomas madrileñas y Bone, me dio una sugerencia:

– Hay una cafetería muy guay que mi madre anfitriona me sugirió. Pero no sé dónde. Ella me dijo que “No es el Burguer, pero está al lado del Burguer”

– “El Burguer?”

“Así llaman a Burger King aquí.”

– “Vale, la buscamos.”

Andamos por la calle de la casa de mi amiga, buscando nuestro punto de referencia, muy apropiado para dos estadounidenses perdidos. Por fin encontramos el Burger King. Y allí, al lado, estaba Subrosa Café. Estaba claro que era un sitio mono y muy acogedor. La iluminación suave les daba un ambiente cálido a las mesas de madera. Olía a pan y tortillas, y a lo largo de la ventana había gente trabajando en sus ordenadores. Era justo lo que necesitaba. Inmediatamente, mi amiga y yo empezamos a trabajar. El camarero nos dio la carta, que tenía tantas opciones ricas que casi no podíamos elegir una. Yo decidí pedir las tortitas de calabaza y batata, y ella el bocadillo de focaccia. Los dos también pedimos chai lattes, cuyo aroma otoñal ya emanaba desde la cocina. Toda la comida era sabrosísima. Además, en el café callado y cómodo, encontré que podía hacer mi trabajo sin distracciones, sin pensamientos errantes, y sin el sentimiento típicamente omnipresente de que podría hacer lo que quisiera en la ciudad entera, y que lo que quisiera obviamente sería más divertido que escribir sobre los niveles de variación lingüística en la península ibérica durante dos horas. Es decir, mucho trabajo fue realizado. A la hora de salir, el cielo estaba lleno de la luz naranja del atardecer, mi ensayo lleno de palabras sofisticadas que me hacían sentirme muy lingüísticamente competente, y mi estómago lleno de té chai y tortitas. Mi ansiedad bajaba con el sol durante mi camino hasta mi casa, y más adelante, calentito en mi cama, sabía que tenía que volver.

Y sí, volví muchas veces, tantas que el ambiente que una vez sirvió como un lugar para concentrarme en mi trabajo se volvió con el tiempo un lugar para disfrutar comida deliciosa y pasarlo bien con amigos. Pero bueno, nada dura para siempre. Sabía que encontraría muchos sitios tan guays y tan propicios para estudiar y trabajar. Y claro que los encontré. Después de todo, podía hacer lo que quisiera donde quisiera. Sin embargo, al Café Subrosa siempre lo voy a recordar como el lugar más cómodo de la ciudad de Madrid, que me salvó de evitar mis propias responsabilidades.

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Un viaje en el tiempo para curarte el alma

Por Naomi Blank

            ¿Estás aburrido? ¿Necesitas un descanso del ajetreo de la ciudad, pero no quieres ir a un lugar lejano con un montón de turistas extranjeros? ¿Tienes ganas de salir de casa y experimentar algo nuevo sin gastar una pasta? ¿Deseas viajar en el tiempo y ver la vida de épocas anteriores? Si respondiste con un sí a alguna de esas preguntas, deberías de ir a Alcalá de Henares.

            Alcalá de Henares es un pueblo fuera de Madrid más conocido por ser el lugar donde Cervantes se crio. Tiene una arquitectura increíble del siglo dieciséis y estar allí te transporta a los tiempos medievales. Cuando llegues al pueblo estarás asombrado por las calles lindas y los sitios diferentes para explorar. No escucharás ninguna palabra en inglés porque estarás rodeado solo de españoles. Este pueblo es una joya escondida de la que solo saben los locales, así que realmente te da un escape de la metrópoli internacional de Madrid. Y, es más, ¡puedes ir allí en el tren de cercanías!

Si te encantó Don Quixote o si te aburrió la primera página, igual tienes que ir al Museo Casa Natal de Cervantes. Es una casa bella de dos pisos y te da un vistazo a la vida de los hidalgos en el siglo dieciséis. Puedes ver donde su padre, quien era cirujano, llevaba a cabo operaciones, donde su madre hilaba lana y las habitaciones que tienen camas con doseles elegantes hechos de textiles ornamentados. Cuando sales de la casa, puedes sentarte en el banco en frente y sacarte una foto con las estatuas de Don Quijote y Sancho Panza. Además, ¡el mejor aspecto de este sitio es que es completamente gratis!

Luego puedes ir al Museo Arqueológico, que también es gratis, para ver artefactos de varias eras. Tiene fósiles paleontológicos, herramientas paleolíticas y neolíticas, mosaicos de la época romana y más. El museo es muy extenso, así que uno podría pasar toda la tarde allí. Te quedarás cautivado por la antigüedad y la historia de las exposiciones.

También merece la pena ir a la catedral, en el centro del pueblo, simplemente para subir a la torre y mirar las vistas espectaculares desde las alturas. Te da otra perspectiva del pueblo antiguo, que es impresionante. Ver las montañas hermosas detrás de los edificios de arquitectura española tradicional te hace sentirte como si estuvieras en una película.

Es cierto que, si pasas todo el día aquí, en este pueblo, necesitarás un descanso en algún momento. Afortunadamente, hay muchísimas opciones para sentarse y tomar un café tranquilamente cerca de las varias atracciones. Para los golosos con un gusto por la repostería divina, hay que ir a Pastelería Salinas. Tienen unas tartas tan exquisitas que será difícil elegir qué comprar. También puedes merendar o comer algo ligero en Cafetería Bamby. Tienen una gran variedad de postres, y si te apetece comer algo salado también tienen muchas clases de empanadas.

Alcalá de Henares no te decepcionará. Es un pueblito con mucha belleza y muchas cosas que hacer. Yo solo mencioné algunos sitios, pero también tiene la Casa de Hippolytus, el Museo Palacio de Laredo y más. Ser estudiante y manejar todas las prácticas y tareas que los profesores nos asignan a lo largo del semestre es difícil, así que a veces se necesita una evasión para relajarse y olvidar el estrés que nos da la vida por unas horas. En Alcalá de Henares hay un sentido de paz y tranquilidad que no existe en ciudades grandes como Madrid. Si en algún momento en el semestre te sientes acabado, agotado y estresado, vete a Alcalá de Henares para curarte el alma y sentirte vivo de nuevo.

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Descubriendo Madrid a través de la escena judía escondida

Por Nami Lieberman

Si alguien me hubiera dicho que iba a visitar tantas catedrales (¡más de 10!) en mi tiempo en España, no le habría creído. Estoy acostumbrada a participar en eventos culturales y religiosos judíos en Vassar y en casa con mi familia. Siempre ha sido fácil, algo para lo que no necesitaba esforzarme mucho. No importaba si era algo muy importante para mí, pasaba de todos modos. Mi experiencia en España fue muy distinta. Con las fiestas importantes del otoño, quería hacer algo para marcar esos días. Me di cuenta de que no conocía a nadie judío en la ciudad y que necesitaba investigar y hacer mis propios planes.

A primera vista, parecía que las únicas comunidades judías aquí eran ortodoxas, muy tradicionales. Pero con un poco más de investigación, encontré dos comunidades más modernas y progresistas. Necesitaba inscribirme para ir a los servicios y dar información sobre mi origen judío y detalles de mi pasaporte. Recibí la dirección como un secreto. Estaba muy nerviosa al entrar porque no conocía a nadie y no sabía qué esperar. Pero empezamos a cantar, y yo me sabía las palabras al igual que las melodías. Después en la cena, hablé con varias personas jóvenes (completamente en español). Aprendí que la mayoría de los judíos progresistas en Madrid no son de España, sino de América Latina. Conocí a personas de Venezuela, Uruguay, Argentina, México. Me aconsejaron que tuviera cuidado en España al compartir el hecho de que soy judía, algo que nadie me había dicho en los Estados Unidos. Fue muy interesante escuchar sus experiencias de aquí y compartir mis experiencias en los Estados Unidos y en una universidad como Vassar. Vi que el clima político en la comunidad judía aquí es diferente del de mis comunidades con mi familia y en Vassar. Un viernes fui a la otra comunidad progresista y encontré otros estadounidenses jóvenes.

Además, nunca había aprendido sobre religiones desde una perspectiva tan cristiana antes de venir a España. Nuestros guías explicaban lugares sagrados musulmanes y judíos en términos cristianos y asumían que todos tenían un origen cristiano. Fue muy interesante aprender sobre la historia y la religión de una manera tan diferente de cómo la había aprendido en el pasado. Aprendí mucho al tener conversaciones sobre religión con mi familia anfitriona cristiana pero secular. Necesité enseñarles a mi familia anfitriona sobre las fiestas judías y cómo mi familia las vive/las celebra. La religión es algo muy importante para muchos españoles y en la historia de España, por eso recomiendo que tengas conversaciones e intentes entenderla.

Exponerme y poner el esfuerzo en encontrar una comunidad judía fue una experiencia muy positiva para mí. Fue difícil y me puso nerviosa buscarla, entrar y unirme sola, pero estoy feliz de haberlo hecho. En algunas de las excursiones del grupo, los guías presentaban la vida y cultura judía como algo completamente del pasado, pero fue muy fascinante experimentar de primera mano cómo es hoy. Si tienes la oportunidad de experimentar algo religioso en España fuera de la corriente principal, sugiero que lo hagas.

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