Liberarse de la necesidad de aparentar

Por Meghan Noe

Hay una idea estadounidense muy particular sobre cómo participar en una cultura extranjera. Haces amigos. Te invitan a cosas. Te demuestras a ti mismo — que eres suficientemente gracioso, suficientemente simpático, suficientemente hábil con el español para que te reconozcan como una persona completa y no como un mero visitante. Llegué a Madrid con esa idea. Pasé las primeras semanas preguntándome cómo podría conectar de verdad con la cultura, si la barrera del idioma me permitiría mostrar del todo mi personalidad.

Una experiencia que me cambió la perspectiva por completo llegó en el Pabellón Satélite del Madrid Arena, un martes por la noche en marzo, en un desfile llamado Maneva del diseñador Evade House —parte de la semana de la moda de Madrid. Un saludo especial a uno de nuestros monitores del programa, Carlos, que siempre encontraba la manera de ponernos al tanto de cosas nuevas. Consejo rápido: ¡siempre tómense estas recomendaciones en serio!

Fui con algunos otros estudiantes del programa. En lugar de seguir la entrada marcada en el mapa, seguí a una multitud que se congregaba rápidamente — madrileños impecablemente vestidos: gabardinas chic, pantalones de corte globo, delineador azul, y encaje por todos lados. Supimos que tenía que ser ahí.

La naturaleza orgánica del evento realmente empezó aquí. En algún momento la multitud comenzó su marcha hacia la entrada, y al cruzar las puertas se abrió un espectáculo enorme — un pabellón masivo con algo pasando en cada rincón. La multitud se dispersó dentro, volviéndose difícil de distinguir del propio desfile. Un grupo de modelos trabajaba desesperadamente para “arreglar” un accesorio de iluminación. Otros bailaban juguetonamente alrededor de un ring de boxeo. Algunos simplemente caminaban en círculos fijos y robóticos alrededor de la esfera. La confusión y la fascinación eran palpables — todos sin saber bien adónde ir, pero encontrando de alguna manera un lugar desde donde observar con interés. Había sonido: no exactamente música, sino más bien una tensión atmosférica sostenida.

La moda en sí era original y única, imperfectamente completa — y el desfile también. De repente, una modelo gritó y salió corriendo, con una multitud de niños apareciendo a su paso. Y una vez más, el público — muchos de los cuales, aprendí después, eran amigos y familiares del diseñador — encontró su lugar de forma orgánica, formando una pasarela improvisada que serpenteaba por el espacio. Lo que siguió fue un desfile más tradicional, todavía intercalado con danza contemporánea, y cerró con un gran número final.

Un momento que no olvidaré llegó al final. Sonaba el tema final. El desfile alcanzaba ese punto al que llega un evento así en lugar de un finale tradicional. Y en algún lugar cercano, una mujer empezó a llorar — fuerte, abiertamente, sin ninguna vergüenza aparente. Mi primer instinto, acostumbrado a cierto tipo de evento teatral, fue que era parte del espectáculo — una actriz

plantada entre el público como una última capa de la experiencia inmersiva. No lo era. Era la madre del diseñador. Y el espacio, en lugar de contraerse ante esa vulnerabilidad, pareció expandirse para contenerla.

Lo que Maneva me dio, de pie en esa sala oscura sin saber del todo lo que estaba mirando, fue un modelo diferente. La propia diseñadora lo explicó en una entrevista: no quería que el público fuera espectador. Quería que el público fuera un “cuerpo” — participantes iguales en un espacio compartido donde la música, las prendas, los intérpretes y las personas que miraban formaban parte del mismo organismo. No había jerarquía entre mirar y ser mirado.

Pienso en esto de manera diferente a como lo hubiera hecho hace unos meses. La observación, la observación real — la que implica soltar la necesidad de performar tu propia presencia y simplemente recibir lo que tienes delante — no es una forma menor de participación. Puede que sea la más difícil. No puedes esconderte detrás del ingenio o el encanto. Simplemente tienes que estar ahí, de verdad, en la sala. Una y otra vez, desde este desfile hasta mis clases y el vestuario de mi equipo de fútbol, llegué a la misma conclusión: lo que importó durante mi tiempo en Madrid — y lo que me puedo llevar más allá — no es tener la gramática más impecable ni la expresión más elocuente, no es ser el más extrovertido ni el más gracioso de la sala. Es simplemente aparecer con la mente abierta. Y descubrirás que las salas se expanden para contenerte: para albergar tu rareza, tu incomodidad, para abrazarte exactamente como eres.

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¿Cómo se puede explorar un barrio?

Por Maxwell Hausler

Además, ¿cómo se puede conocer una ciudad, un barrio, una cultura? Hay muchísimas cosas que están pasando a cualquier momento; el ajetreo y bullicio de la ciudad domina tanto que se puede sentir agobiante. Tal vez, dirías que puedes ir por un paseo y caminar por un ratito pero yo propongo que la mejor manera de conocer un barrio y su carácter es el arte callejero y, de tal modo, el arte que adorna las puertas de seguridad de sus varias tiendas.

A diferencia de los EE.UU., en España cuando las tiendas cierran, se ponen puertas metálicas de seguridad a través de las cuáles se puede observar la vibrante cultura que define Madrid y es una ventana a la ciudad y sus instituciones. El arte callejero es una muy buena manera para conocer un barrio y tus vecinos y para aprender sobre los rasgos de la cultura española pero también tiene muchas otras funciones.

El arte callejero sobre estas puertas sirve para reinventar la naturaleza aburrida de los negocios y se utiliza para atraer clientes y por lo menos que echen un ojo a su negocio a causa de la muralla. Típicamente, el arte está relacionado con el negocio y sus productos como se puede ver en los ejemplos de abajo de una tienda de tebeos que anuncia con un grafiti de Spiderman.

(Tienda de tebeos al lado del Mercado Antón Martín)

Otras veces, puede ser algo que justo les parece muy chulo y tal vez a la gente le gusta, como esta puerta adornada con cuadros de Darth Vader y Gandalf que carece de algún vínculo con la tienda y sus productos. Estas pinturas también cambian el entorno del barrio y ofrecen un poco más de color a los espacios urbanos, como se puede observar abajo en la muralla de un mono que juega con el color, las tensiones geométricas y la perspectiva.

(Bar Cruz en Plaza de Cascorro)

(Muralla de un mono en un rincón de Lavapiés)

Estas obras contrastan con las grises puertas metálicas y la típica naturaleza de Madrid como una ciudad vieja con edificios antiguos e históricos hechos de piedra y granito con su brillante arte moderno. Las murallas de estas tiendas sirven para atraer clientes, pero también son hermosas expresiones de lenguaje, cultura e identidad, que son maravillosas obras de arte por sí mismas y que a veces se convierten en atracciones turísticas. Por ejemplo, el pueblo de Fanzara en la provincia de Castellón destaca por ser “el pueblo de los grafitis” que contiene el MIAU, el Museo Inacabado de Arte Urbano, un museo abierto al aire libre que tiene murallas y grafiti por sus paredes, de hecho tantos que se ha convertido en una atracción turística y una galería viva. Asimismo, este museo me parece muy chulo y revolucionario ya que es accesible para todos, nunca cierra ni cuesta entrar y, de tal manera, ha vuelto el arte a las calles y a lo público.

(ejemplos del MIAU)

Estas obras pueden ser obras artísticas y herramientas comerciales, pero también pueden ser ventanas al espíritu del barrio y su cultura. Si andas por la calle, tanto como se puede observar el barrio por eso, también te recomiendo echar un vistazo al arte callejero en estas puertas para que se pueda conocer el barrio escondido y a los ciudadanos que forman parte de su comunidad si no profundizar en tu conocimiento de la cultura española.

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La belleza de Plaza Olavide

Por Simon Goldweber

A unos diez minutos de mi casa, en el barrio de Chamberí, hay una plaza llamada Olavide que, de distintas maneras, marcó mi experiencia aquí en Madrid. Olavide (el nombre es Olavide, no Olvidade ni Ovalide, como tuve que explicar demasiadas veces) es un espacio grande que tiene bancos, mesas, y sillas colocadas en anillos alrededor de una fuente grande en el centro. También hay bastantes árboles y jardines para dar un sentido de la privacidad y crear muchos espacios pequeños para grupos de gente.

Además, como la plaza tiene dos parques infantiles en ambos lados, siempre hay familias con niños jugando y corriendo. A las 15:00, un miércoles soleado, la plaza está llena de cientos de jóvenes, familias y perros, y la vida y actividad allí son calmantes y muy agradables. Finalmente, la plaza está rodeada de bares y restaurantes con terrazas grandes que solamente añaden al ambiente. Es un espacio cómodo para todos en cualquier momento; ¡aún hay mesas para el tenis de mesa!

         En mi primer día en Madrid, madre anfitriona me llevó a Olavide para comer y conocernos un poco, y desde ese momento la plaza ha sido un sitio importante para mí. Cada miércoles, después de mi clase comía en la plaza y pasaba unas horas leyendo o escuchando  música. Otras veces, cuando necesitaba un lugar para descansar o quedarme sólo un rato, allí iba para tomar el sol y mirar a la gente haciendo su vida. Gracias a la cercanía a mi casa, Olavide se convirtió no solo en un sitio diario para mí—¡sino también podía ser un sitio celebratorio! Mi familia anfitriona y yo comimos allí para celebrar mi llegada a Madrid (como ya he dicho), mis padres reales y mi madre anfitriona se conocieron allí, ¡y una amiga y vecina mía incluso celebró su cumpleaños en la plaza!

         Aunque en principio pocos de mis amigos conocieron Olavide, conforme iba pasando el tiempo más y más personas la descubrieron, y empezamos a quedar allí una o dos veces cada semana. Exploramos los distintos cafés, panaderías y heladerías que hay muy cerca, mirábamos los perros y, más que todo, jugábamos a juegos de cartas en las mesas. Al final del semestre, era nuestro principal espacio para quedar, más que los cafés, bares, parques y casas que habían sido nuestros favoritos antes de esto.

         Madrid es una ciudad increíble donde todo se vive muy rápidamente. El día empieza pronto y dura hasta muy tarde cada día. A pesar de los almuerzos largos y siestas que son partes importantes de la vida diaria, para mí esta manera de vivir ha sido muy nueva y a veces un poco difícil. Aunque me ha encantado la opción de hacer cosas cada minuto de cada día, me di cuenta de que necesito un poco más de calma y descanso en mi vida para sentirme sano. La Plaza Olavide se convirtió en un sitio donde poder relajarme y tener un momento de paz en esta ciudad tan grande y rápida, y por eso me parece como un hogar fuera de mi hogar en Estados Unidos. ¡Es mi lugar favorito de los que he visto en toda España!

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Las aventuras fuera de Madrid

Por Melanie Glatter

Mi madre me llama una country bumpkin porque soy de un área rural en Oregon y no he aprendido las mismas cosas que las personas que crecieron en la ciudad. Cuando llegué a Madrid, el sistema de transporte público en esta ciudad no se parecía a nada de lo que había sido testigo en mi vida. Hay 12 líneas del Metro que te llevan a donde necesitas ir y, si quieres una ruta más específica, hay muchísimas rutas de autobuses que también puedes tomar. Todo ello por 10 euros cada mes, ¡es un sistema impresionante del que debes aprovecharte!

La red de transportes va incluso fuera del centro de Madrid. En autobús, puedes ir a nuestra escuela en Getafe, al Monasterio Real en El Escorial o a tu muerte encima de La Maliciosa en Navarro. Durante mi estancia en Madrid, aproveché para disfrutar de todas estas experiencias. Cada día de clases, tomaba la línea 6 a Plaza Elíptica y el bus 441/442 al campus de la UC3M. Esta ruta me tomaba 40 minutos de mi casa a mis clases–¡nada mal!

Un día, algunos de nosotros tomamos el autobús hacia El Escorial para ver el Monasterio Real y caminar a la silla de Felipe II. Si bien el viaje no fue muy suave, este pueblo tan solo está a una hora en transporte público, ¡y visitarlo merece mucho la pena! Además, el trayecto está incluido en el abono mensual de transporte. Vimos las tumbas de los reyes españoles e hicimos senderismo en la naturaleza de España. Para volver al centro, tomamos una línea de cercanías para regresar a Madrid y evitar el autobús. ¡Fue un día increíble!

Otra aventura que algunos de nosotros hicimos fue coger el autobús a Navarro para hacer senderismo. Caminamos encima de algunas montañas cerca de Madrid durante esta excursión y llegamos a la cima de La Maliciosa. Aunque tuvimos que superar obstáculos inesperados en el camino hacia abajo, ¡fue una aventura única en la vida!

Con todo esto quiero decir que, si eres de los suburbios, dependes de los coches o estás acostumbrado al subway de la Ciudad de Nueva York, no te puedes perder el transporte público en Madrid. Es un sistema extensivo, accesible y muy útil. ¡Es un privilegio que no se puede dar por sentado!

Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y la cima de La Maliciosa

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Pasar tiempo con tu familia española

Por Aviv Fischer-Brown

Mudarse a una ciudad nueva y con una lengua diferente es una decisión muy grande e influyente en tu vida. Además, el programa da una oportunidad importante y muy única de vivir con una familia española. Aunque estaba nerviosa cuando llegué, mi experiencia en Madrid se ha amplificado por mis experiencias con mi familia anfitriona. Estamos viviendo con familias por una razón, y creo que tienes una mejor experiencia si tienes una mente abierta y entusiasmo por aprender y ser parte de la vida de la familia. 

Pasar tiempo con tu familia es una oportunidad increíble para mejorar tu español, pero también para sumergirte en la cultura de Madrid y España. Junto con las conversaciones que tienes cuando estás en la mesa, creo que es importante aprovechar la oportunidad de hacer cosas con tu familia, seguir sus recomendaciones, y mostrar interés en sus vidas.  

La mamá de mi familia anfitriona es una pianista y una profesora de música. Expresé interés en su trabajo y además, he tenido la oportunidad de ir a ver algunos de sus propios conciertos y los de sus estudiantes. Fui a dos óperas de sus estudiantes, un concierto de la sinfonía nacional, y un concierto suyo de piano de cuatro manos. No solo estos eventos mostraron mi interés en su vida, fueron experiencias nuevas para mí. No había visto conciertos como estos antes, especialmente en sitios históricos, y en español. Estos eventos me mostraron una nueva parte de la sociedad española, y otro lente para aprender sobre las cosas que las personas están haciendo. Finalmente, mi participación y curiosidad en su vida expresaron que yo no solo era alguien que estaba viviendo en la casa, sino alguien que quería conocerlos y aprender sobre sus pasiones.

Cada familia es diferente, y tiene sus propios hábitos y profesiones. Un consejo es que no deberías tener miedo de preguntar sobre las vidas de tu familia, y si hay algo que podáis hacer juntos, o ver. No necesita ser un concierto, puede ser cualquier cosa, como una película, cocinar, o ir a un sitio que les gusta. 

Las actividades fuera de casa, o el día a día normal de la vida con una familia, proveen un nuevo aspecto para sumergirse en la cultura de donde estás viviendo. La oportunidad de vivir en un lugar con la guía y apoyo de nativos es una experiencia muy valorada y única. Si puedes, di sí a todo lo que es ofrecido. Aprovecha tu tiempo en Madrid, y para mí, las experiencias culturales con mi familia son un punto culminante de mi semestre en Madrid y es una parte que voy a extrañar.

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El Rocky Horror Madrid Show

Por Sam Evans

Antes de llegar a Madrid, tenía una meta importante para mí: quería encontrar una función de Rocky Horror Picture Show en la ciudad. Para los que no saben, la película musical es un “cult classic” de los años setenta que es una celebración de la vida queer e incluye mucha interacción entre la audiencia y los personajes de la pantalla. A veces, la película se reproduce mientras los actores representan las acciones enfrente de la pantalla. Quería continuar y mantener mi conexión con la película y su cultura en Vassar, y también aprender cómo una cultura diferente interactúa con la película, que es un fenómeno global.

Encontré “Rocky Horror Madrid Show,” que es un grupo de artistas que ha estado colaborando durante dos décadas para producir una producción de RHPS cada año. El grupo reproduce la producción más o menos cuatro veces cada año, y fue mi suerte que había una representación en el día de San Valentín (durante el mismo fin de semana de Carnaval aquí en España), y la entrada costaba €19. La función fue en el Soho Teatro Madrid, un teatro que está situado en el centro de Madrid cerca de Gran Vía.

La interpretación me interesa mucho, especialmente como alguien muy familiarizado con la cultura de la película en los Estados Unidos y sus “callbacks” (frases que tienen una relación con lo que está pasando en la película que la audiencia grita a la pantalla y los personajes). Aquí en Madrid, todos los “callbacks” fueron en el idioma español, y había menos “callbacks” en la versión en español que en la versión original en inglés. Pero aunque había menos, había algunos “callbacks” nuevos que nunca había escuchado, y uno o dos “callbacks” regionales de España.

El Rocky Horror Madrid Show está en su vigésimo año. Antes de la representación, hablé con algunos de los actores sobre nuestras experiencias diferentes con la película. Aprendí que algunas de las artistas que reproducen la película han estado en la producción desde el comienzo. Es un testimonio del poder cultural que la película tiene, y su capacidad para unir a personas de todo el mundo. Si conoces la película muy bien o nunca la has visto en tu vida, te recomiendo que veas la producción aquí en España para una experiencia social y cultural fascinante.

Podrás encontrar más información aquí en su sitio web y aquí en su Instagram.

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Una cita semanal en Madrid contigo misma

Por Katie DiSavino

Cuando llegué a Madrid, quería decir que sí a todo. Quería ir a museos, caminar por barrios nuevos, ver películas, tomar café, ir a eventos y conocer a muchas personas. Además, al principio, casi todo lo hacía con otros estudiantes del programa. Eso era divertido y también me ayudaba a sentirme más cómoda en una ciudad nueva.

Pero, después de unas semanas, empecé a notar algo. A veces sentía que estaba explorando Madrid como parte de un grupo de turistas, no como una persona que vivía allí. Cuando iba con otros estudiantes, era fácil depender de ellos. Si alguien habla mejor español que yo, esa persona podía pedir, preguntar o resolver la situación. También era fácil hablar solo con mis amigos y prestar menos atención a la ciudad alrededor de mí. Con mi familia anfitriona pasaba algo diferente. Vivir con una familia española fue una parte muy importante de mi experiencia, ya que muchas conversaciones ocurrían dentro de la casa. Eso era muy valioso, pero no siempre me ayudaba a sentir que conocía Madrid fuera de ese ámbito.

En la universidad en Estados Unidos, yo estaba acostumbrada a hacer casi todo con otras personas: ir a la biblioteca, comer, caminar, estudiar o hacer recados. Para muchos estudiantes, la vida universitaria gira mucho alrededor de los amigos. Eso no es malo. De hecho, es una parte muy bonita de la vida en la universidad y también del programa en Madrid. Pero, me di cuenta de que no quería que toda mi experiencia en España se basara solo en lo social.

Por eso empecé una pequeña costumbre: una vez a la semana, intentaba hacer una actividad sola en Madrid. No me refiero únicamente a estudiar sola, porque eso ya lo hacía. Me refiero a hacer algo intencionalmente sola: dar un paseo largo, visitar un museo, ir al cine, comprar un libro, sentarme en una plaza, entrar en una exposición o simplemente caminar por un barrio sin un plan muy claro.

Al principio, hacer planes sola podía sentirse un poco extraño. Pero, poco a poco, empezó a gustarme. Cuando estás solo, no hay un “filtro” entre tú y la ciudad. No puedes esconderte detrás del grupo. Tienes que mirar más, escuchar más y decidir por ti mismo. Si necesitas algo, tienes que preguntar. Si no entiendes algo, tienes que intentar comprenderlo. Si te pierdes, tienes que encontrar el camino. Eso puede dar miedo, pero también da mucha confianza.

Estás experiencias también me ayudaron a sentirme más independiente. Cuando haces cosas solo en una ciudad extranjera, la ciudad empieza a sentirse menos como un lugar que estás visitando y más como un lugar donde estás construyendo una vida. Ir sola a un museo no era solo “hacer turismo”, era decidir cómo quería pasar mi tarde. Caminar sola por Madrid no era solo “explorar”, era aprender a moverme por mi propia ciudad, a mi propio ritmo.

Creo que esto también me dio un sentido más fuerte de pertenencia. A veces, para sentirse en casa en un lugar ajeno a ti, no es suficiente estar siempre acompañado. También necesitas momentos en los que tú y la ciudad estén solos. Sin amigos, sin programa, sin familia anfitriona, sin nadie que te explique todo. Por supuesto, no recomiendo aislarse. Es muy importante hacer amistades, estar conectado con el grupo y, especialmente, conocer a estudiantes españoles. Muchas de mis mejores experiencias en Madrid fueron con otras personas. La vida social es una parte fundamental de estudiar en el extranjero.

Pero, también creo que el crecimiento personal que buscamos en España no es solamente social. También viene de aprender a estar cómodo contigo mismo en un lugar nuevo. Viene de confiar en ti, de tomar decisiones pequeñas, de hablar aunque cometas errores y de descubrir qué tipo de vida quieres construir en Madrid.

Por eso recomiendo a los futuros estudiantes tener una cita semanal consigo mismos. Puede ser algo muy sencillo. Un paseo. Una película. Un museo. Una merienda. Una librería. Una hora sentados en una plaza. Lo importante no es la actividad, sino hacerla sin depender de nadie. Madrid es una ciudad maravillosa para compartir con amigos. Pero también es una ciudad maravillosa para conocerla solo. Y, a veces, cuando caminas sin compañía, empiezas a sentir que no estás visitando Madrid, sino que estás viviendo en Madrid.

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De picnic en El Retiro

Por Marian Cazares

Mi recomendación sin duda es ir de picnic al Retiro. Mi razón principal por querer estudiar en Madrid este semestre fue el hecho de que mi hermana también estaría estudiando acá, pero no sabía qué tan seguido nos veríamos ya que las dos seguro estaríamos ocupadas con nuestros deberes. Sin embargo, encontramos modos de alinear nuestros horarios, especialmente a la hora del almuerzo, para poder pasar más tiempo juntas. Los días en los cuales tenía planeado ir de picnic al Retiro con ella para el almuerzo fácilmente se convirtieron en unos de mis días favoritos.

Solíamos ir de picnic los martes o los fines de semana. Los martes, salía de mi clase de “Español para Hispanounidenses,” mi única clase ese día, y tomaba el Metro hacia el Mercadona que quedaba de pasada, donde compraba los ingredientes para nuestros sándwiches. Los fines de semana, como no venía de la universidad, pasaba a Día, a Carrefour, a BM, o a Lidl por los ingredientes, ya que me quedaban más cerca del apartamento y de pasada al Retiro. Después me veía con mi hermana en El Retiro. Quien llegara primero escogía un lugar y le mandaba su ubicación a la otra. Unos días nos sentábamos por el Palacio de Cristal, otros por la Puerta de Dante o por la Puerta de Murillo. Siempre era un lugar diferente, especialmente porque el parque es demasiado grande.

Me gustaba darme el tiempo de tomar una pausa en mi día para comer y relajarme después. Platicaba con mi hermana acerca de mi semana, planeábamos cuándo nos veríamos la próxima semana, y les marcábamos a nuestros padres. Si quería, podía leer un rato, tomar una siesta ahí mismo, o tan solo cerrar mis ojos y descansar. Una vez que habíamos comido y descansado, íbamos a explorar una parte diferente del parque, como el Real Jardín Botánico, los Jardines de Cecilio Rodríguez con los pavos reales, o La Rosaleda. En general, estas salidas me ayudaban a despejar mi mente y relajarme.       

Nuestros picnics además eran muy económicos. Con tan solo 10 euros, compraba el pan, el jamón, el chorizo, el queso, la jarrita de salsa pesto, y una botella grande de agua o de té para compartir. Nos salía para hacer 4 sándwiches–ya fueran dos para cada quien durante el almuerzo o solo uno para entonces y el otro para llevar. Teniendo en cuenta que la dieta diaria para la comida era de 15 euros, me ahorraba un tercio de ese dinero. También debería mencionar que la manta que usábamos para sentarnos en el pasto durante nuestros picnics la compramos en el Rastro por tan solo 5 euros. Fue una buena inversión en mi opinión porque además de tener un diseño bello, no se ensuciaba fácilmente, y ocupaba muy poco espacio cuando la doblaba, así que era fácil cargarla en mi bolso de la escuela para cuando tenía planeado ir de picnic justo después de clase.

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Perder el tiempo en una terraza

Por Anna Berggren

En las aceras de Madrid, en el lado más cercano a la calle, se puede ver afuera de cualquier restaurante unas mesas normalmente llenas de gente. Cuando vayas a tomar algo, almorzar, o merendar en Madrid, te recomiendo que lo hagas en unas mesas pequeñas, justo al lado del flujo peatonal de la gran ciudad.

¿Qué significa pasar tiempo en la terraza? Tomar un cafecito o merendar en la terraza es una forma de hacer la vida más lenta. Es típico pasar mucho tiempo en la mesa después de la comida. “Terrazear” te permite incorporar tiempo para socializar, hacer turismo, y tomar vitamina D en tus rutinas de comidas. También, le quitas el énfasis a la rutina y lo pones en la gente con la que pasas el tiempo, y en la ciudad que puedes experimentar.

La pasión por este tiempo social y lento no puede ser olvidada. Como somos de los EE. UU., debemos estar más acostumbrados al frío que los españoles. Sin embargo, esto no es lo que vas a ver en Madrid ni en las ciudades pequeñísimas que puedes visitar. Llegué a Madrid en enero cuando hizo una lluvia miserable. De verdad, durante los meses fríos, con la acera mojada y un viento fuerte, vi a los españoles, casi cada día en casi cada calle, en la terraza. En mi alojamiento en Madrid, había un balcón espacioso en el que cenábamos. El balcón era un espacio precioso, lleno de cáctuses y con una vista buenísima de los tejados de Salamanca.

No pretendo ser una experta de la escena gastronómica de Madrid. Lo que te puedo ofrecer son algunas opciones para lugares chulos, jóvenes, y económicos en los que puedes disfrutar del ambiente madrileño.

  1. Terraza the Hat Rooftop. Cerca de la Plaza Mayor, esta es una terraza en la azotea de un hostal. Por eso, es muy económica y tiene una energía muy joven y casual.
  2. Jurucha Bar. En Salamanca (mi barrio, pero uno de los más caros en Madrid), puedes encontrar una barra de tapas economiquísima.
  3. Alrededor de la Plaza Matadero, puedes encontrar calles llenas de tiendas en las que puedes pasar un rato disfrutando del sol. Algunos se llaman Ocho Patas y Toboggan.
  4. Las terrazas del Parque del Buen Retiro. El parque está lleno de ubicaciones para disfrutar un café afuera, mientras que puedes ver botes de remos en el lago. Uno de los más elegantes se llama Florida Park.

Entonces, ¿qué te recomiendo? Si comenzara mis estudios en Madrid otra vez, compraría una baraja de cartas—probablemente un recuerdo del tiempo en Granada o Santiago de Compostela, decorados por imágenes de toros o de la Alhambra—e invitaría a cada amigo nuevo a un partido de “Spit” o “Golf” en la terraza más guay (o más barata) de mi barrio. Pasaría horas con una bebida, mirando la gente de Madrid ir de paseo y relajándome en el sol, cada vez que pueda. Estudiar en Europa es una experiencia emocionante, rápida, y completamente llena de actividades. Pero lo que más echaré de menos es el tiempo con amigos, viviendo como una local.

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Dar el salto

Por Brynne Barnard-Bahn

Una noche, sentadas en el apartamento de mi amiga austriaca con un tinto de verano en la mano, decidimos no salir. Estábamos mi amiga mexicana, mi amiga griega, otra amiga austriaca, y su compañera de piso italiana; el chico suizo ya se había ido a dormir. Gente de todos lados, una noche sin planes, y una conversación que no tenía prisa. En algún momento miré alrededor de la mesa y pensé en lo cerca que estuve de no venir.

Al principio del semestre, durante una de las charlas de orientación del programa, un representante de Citylife Madrid nos habló sobre sus actividades y viajes, y nos dio una tarjeta de descuentos. Pensé en el viaje a Marruecos y tomé nota mental. Quería viajar, especialmente al desierto del Sáhara, pero casi todas las personas que conocía ya tenían planes o no querían ir. La idea de organizar y hacer un viaje sola a otro continente me daba un poco de miedo y por eso un viaje de Citylife me pareció la solución: era relativamente barato, organizado con comida, transporte y casi todo incluido y con un descuento de unos veinte euros gracias a aquella tarjeta que nos dieron al principio del semestre. Para alguien a quien le cuesta trabajo introducirse a otras personas, apuntarse sola a un viaje en grupo era precisamente el tipo de cosa que normalmente evitaría.

Durante el viaje, una chica griega me invitó a unirme a su grupo de amigos para desayunar: una chica austríaca, otra mexicana y ella. Los grupos para dormir estaban asignados de antemano, lo cual me había preocupado, pero para entonces ya las tenía a ellas durante los días. Compartimos el frío de la noche en el desierto, y al día siguiente la chica mexicana y yo recorrimos las dunas juntas en un ATV, riendo como si nos conociéramos más de un día. Fueron al mercado de Marrakesh después de mi vuelo y me trajeron cosas de vuelta.

Desde entonces hemos viajado juntas, salido por Madrid y pasado horas hablando sobre nuestras culturas, idiomas y formas de ver el mundo. Mi amiga mexicana ya me ha invitado a ir a México a celebrar el Mundial con ella. Aunque vine a España para mejorar mi español y experimentar estudiar y vivir en otro país, terminé aprendiendo también muchísimo sobre otros países y sobre mí misma.

Mi recomendación para futuros estudiantes es que no tengan miedo de apuntarse solos a actividades organizadas, especialmente al principio del semestre. A veces los mejores amigos y las experiencias más importantes aparecen precisamente cuando uno sale de su zona de confort. Al principio me intimidó ver la cantidad de grupos grandes y establecidos que había en el viaje, pero encontré personas en mi misma situación, y personas con quienes simplemente conecté. Solo había que buscarlas. Madrid está llena de oportunidades para conocer gente, pero muchas veces hay que dar el primer paso sin saber exactamente qué va a pasar.

Y bueno, el Sáhara fue increíble. Pero lo que más me llevo son unas amistades que no hubiera encontrado si no hubiera dado el salto, y que van a durar mucho más que un semestre.

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