Voluntariado en Madrid

Por Simona Jegelevicius

Cuando estaba matriculándome en mis clases aquí en España, hubo una asignatura que inmediatamente me llamó la atención: Desigualdad Social en España. Sabía que, si iba a vivir en Madrid durante cinco meses, quería conocer algo más que la versión turística del país. Por muy bonita que sea España, también quería comprender mejor las realidades, los desafíos, y las comunidades que existen aquí.

Uno de los requisitos de la clase era completar 16 horas de voluntariado. Al principio, lo veía como simplemente otra tarea. Pero después de finalmente apuntarme a una actividad de voluntariado, se convirtió en una de las experiencias más significativas que he tenido aquí en Madrid y, por ello, en una de mis recomendaciones para futuros estudiantes del programa.

Una de las organizaciones con las que hice voluntariado fue Friday Revolution, una iniciativa conectada a una ONG cuyo objetivo es animar a los jóvenes a contribuir a la comunidad. El proceso era muy simple: te apuntas en línea, eliges una actividad para un viernes que estás disponible y simplemente te presentas. Mi amiga Marian y yo nos apuntamos para pasar la tarde jugando al bingo con personas mayores en una residencia.

Estábamos muy nerviosas antes de ir porque no sabíamos qué esperar ni si sería una experiencia incómoda. Sin embargo, terminó siendo una de las experiencias de mayor calidad que he vivido en el extranjero. Pasamos la tarde bromeando, escuchando historias y simplemente haciéndoles compañía. Una mujer nos agradeció que habláramos con ella y la escucháramos porque no recibe mucha interacción con personas fuera de la residencia. Ese momento se quedó conmigo durante mucho tiempo después de irnos.

También hice voluntariado con Ayuda Solidaria, una ONG enfocada en apoyar a familias vulnerables en Madrid. Durante un evento del Día de la Madre, pasamos tiempo con niños mientras sus madres podrían relajarse, conversar entre ellas y disfrutar de una comida. Al final del evento, cada niño recibió un regalo para darle a su madre, y fue muy bonito ver a estas mujeres sentirse celebradas y apreciadas.

Para futuros estudiantes, el voluntariado es algo que recomiendo. Incluso si no es obligatorio para una clase. Es muy fácil dejarse llevar por la parte más glamorosa de estudiar en el extranjero, como viajar todos los fines de semana o visitar lugares famosos, pero el voluntariado me permitió conectar con Madrid de una manera mucho más personal. Me permitió practicar mi español en conversaciones reales, conocer a personas fuera de mi burbuja de estudiantes internacionales y entender mejor la comunidad de la que temporalmente iba a formar parte.

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Un consejo sobre las familias anfitrionas

Por Nicole Hernández

Puedo recordar vívidamente el nerviosismo que sentí mientras esperaba mi equipaje en el aeropuerto. Nuestra directora del programa, Pepa, nos había dicho que llamáramos a nuestras familias anfitrionas para avisarles que íbamos llegando y en camino a sus apartamentos. Recién habíamos recibido la información sobre nuestras familias anfitrionas el día antes de volar a Madrid y sabía que pasaría los próximos seis meses con una madre, su hija adolescente y su hijo. Estaba nerviosa. No quería molestar a mi madre anfitriona, así que en lugar de llamarla, le envié un mensaje de texto.

Esto se convirtió en mi estrategia cuando me uní a la familia. Cuando empezamos a conocernos, compartía información básica sobre mí y mi familia, siendo directa y clara. Hablé principalmente durante la cena y traté de no ocupar demasiado espacio. No quería forzar una conexión o encontrarme demasiado ansiosa, especialmente con mis hermanos anfitriones, que son adolescentes. Estaba muy acostumbrada a depender de Google y de averiguar las cosas por mi cuenta en vez de pedir ayuda. Y también pensé que me ayudaría a evitar molestar a mi madre anfitriona con demasiadas preguntas.

En una ocasión, sin embargo, aprendí que era mejor pedir ayuda. Estaba tratando de encontrar una sastrería cerca de mi barrio, Goya, así que hice un poco de investigación en línea. En ese momento, Google enumeró cuatro tiendas de sastrería diferentes cercanas. Recuerdo haber salido de mi apartamento con mi bolso pesado lleno de ropa, emocionada por finalmente conseguir poner mis pantalones a medida. Desafortunadamente, Google me había mentido. Pasé 40 minutos caminando por toda Goya, yendo a las tiendas donde supuestamente estaban ubicadas las tiendas de sastrería y reuniendo el valor para preguntar a los empleados locales si sabían dónde podía encontrar una. Cada vez, me decían que no tenían idea de dónde podía adaptar mi ropa, así que finalmente tuve que volver a casa.

Al final encontré una sastrería y me conformé con sus precios, pensando que tuve suerte de haber encontrado un lugar que tenía disponibilidad. Sin embargo, durante una cena familiar, compartí lo que había hecho ese día y mencioné al sastre. Fue solo entonces que aprendí que había pagado en exceso para conseguir que me adaptaran mis jeans. Mi madre anfitriona estaba preocupada y me habló del sastre que usa para arreglar la ropa de mi hermana anfitriona. Él era un hombre local cuyo negocio ni siquiera estaba listado en Google para mi descubrimiento, y lo supe solo una vez que ella compartió su información de contacto y dirección de negocio. Desde entonces, he ido con él para ajustar mi ropa, y he construido una relación con él.

Aunque esta situación pueda parecer pequeña, creo que se convirtió en un punto de inflexión en mi relación con mi madre anfitriona. Después de eso, me he sentido más cómoda hablando de nuevos lugares en los que había comido, lugares en los que visité a mi madre anfitriona, y ella compartió restaurantes locales que le encantaban y que siente que realmente representaban la comida de Madrid o lugares que ella piensa que realmente disfrutaría. Esto cambió lentamente a otros temas como películas y exposiciones de arte que cualquiera de nosotros había visto, recomendándolas unas a otras si pensábamos que valían la pena. La conversación fluía de forma más natural, y empezó a recordarme a mi propia familia. Podía salir de mi habitación y hablar de nuevas cosas o hacer un seguimiento de cosas de las que habíamos hablado anteriormente. Lo cual me ha hecho estar especialmente ilusionada por nuestras cenas juntos ya que tenemos cenas de estilo familiar, que para mí se ha convertido en un momento para desconectar y aprender más sobre Madrid desde sus perspectivas que es fascinante.

Debido a esto, creo que una de las mejores cosas que uno puede hacer es pedir recomendaciones a las familias anfitrionas. Es una forma fácil de empezar a construir una relación mientras descubres partes más auténticas de la ciudad y la cultura.

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Veni, vidi, vici o de otra manera, llegué, cené, descansé

Por Indra Hernández

El día que llegamos a España nos dijeron que todavía no podíamos dormir, aunque llevábamos despiertos lo que se sentía como miles de horas. El segundo día, teníamos que estar listos y desayunando a las ocho de la mañana. Le dije a uno de mis compañeros del programa, medio en broma: “¿Qué pasó con la cultura del descanso que me prometieron?”

Antes de llegar a España, todo el mundo me decía que mi estilo de vida encajaría con el español. Me levanto tarde, me acuesto tarde, me encanta la siesta. Estaba lista para vivir en un lugar donde el estilo de vida era como el mío.

Empecé a conocer esta cultura del descanso en nuestros almuerzos en Granada, que duraban tres o cuatro horas. Aprendí la palabra en español para algo que he hecho toda mi vida: sobremesa – una larga y relajada conversación después de la cena. Hablar con la familia, con los viejos amigos y con los nuevos amigos es una de las cosas que más amo en este mundo. Agradecí que no solo hubiera una palabra para describir el acto de hablar después de comer, sino que fuera un evento habitual en España. Aunque crecí con la sobremesa y la practico en Vassar con mis amigos, mi mentalidad estadounidense, acostumbrada a ver a la gente comer y trabajar, no podía creer que en España todos valoraran relajarse durante la comida.

Conocí la cultura de descanso más al llegar a Madrid. Al pasar tiempo en un barrio, con la gente local, con mi rutina, pude sumergirme por completo en su estilo de vida. Me enamoré de las terrazas y de ver a la gente sentada afuera desde las siete de la tarde hasta la medianoche.

Tomando algo, tapas, cenando… de todo. Uno de mis lugares favoritos era la Plaza Olavide. Es una plaza circular, salpicada de terrazas de restaurantes. Hay un ambiente animado en esa plaza, que se ve en los perros que pasean (casi todos perros salchicha), en los cien diferentes grupos de niños jugando al fútbol y en la gente cenando y riendo en sus mesas. Pasé muchas tardes allí almorzando un sandwich de focaccia sola o jugando a las cartas con mis amigos en una de las mesas durante horas.

Creo que la cultura de descanso en España me recordó lo importante que es cuidarse. En la cultura de la producción estadounidense, es fácil olvidarlo. También es cierto que, sin las mismas presiones académicas en España, era más fácil, pero quiero volver con la costumbre de tomar el tiempo para cuidar mi bienestar más habitualmente para no llegar a un descanso necesario y desesperado después de estar agotada.

Pero también, la cultura de descanso trata de algo más que de lo individual. En España, no se basa en el concepto de “self-care” de la misma manera que en los Estados Unidos. El descanso español crea una cultura de conexión. Cuando todos hacen el esfuerzo de pasar tiempo al aire libre en las plazas, hablando durante horas, se crea un espacio, el “tercer espacio”, que casi se ha perdido en los Estados Unidos. Eso es lo que más voy a extrañar, y creo que es valioso aprender de esta cultura de descanso que florece en España.

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Liberarse de la necesidad de aparentar

Por Meghan Noe

Hay una idea estadounidense muy particular sobre cómo participar en una cultura extranjera. Haces amigos. Te invitan a cosas. Te demuestras a ti mismo — que eres suficientemente gracioso, suficientemente simpático, suficientemente hábil con el español para que te reconozcan como una persona completa y no como un mero visitante. Llegué a Madrid con esa idea. Pasé las primeras semanas preguntándome cómo podría conectar de verdad con la cultura, si la barrera del idioma me permitiría mostrar del todo mi personalidad.

Una experiencia que me cambió la perspectiva por completo llegó en el Pabellón Satélite del Madrid Arena, un martes por la noche en marzo, en un desfile llamado Maneva del diseñador Evade House —parte de la semana de la moda de Madrid. Un saludo especial a uno de nuestros monitores del programa, Carlos, que siempre encontraba la manera de ponernos al tanto de cosas nuevas. Consejo rápido: ¡siempre tómense estas recomendaciones en serio!

Fui con algunos otros estudiantes del programa. En lugar de seguir la entrada marcada en el mapa, seguí a una multitud que se congregaba rápidamente — madrileños impecablemente vestidos: gabardinas chic, pantalones de corte globo, delineador azul, y encaje por todos lados. Supimos que tenía que ser ahí.

La naturaleza orgánica del evento realmente empezó aquí. En algún momento la multitud comenzó su marcha hacia la entrada, y al cruzar las puertas se abrió un espectáculo enorme — un pabellón masivo con algo pasando en cada rincón. La multitud se dispersó dentro, volviéndose difícil de distinguir del propio desfile. Un grupo de modelos trabajaba desesperadamente para “arreglar” un accesorio de iluminación. Otros bailaban juguetonamente alrededor de un ring de boxeo. Algunos simplemente caminaban en círculos fijos y robóticos alrededor de la esfera. La confusión y la fascinación eran palpables — todos sin saber bien adónde ir, pero encontrando de alguna manera un lugar desde donde observar con interés. Había sonido: no exactamente música, sino más bien una tensión atmosférica sostenida.

La moda en sí era original y única, imperfectamente completa — y el desfile también. De repente, una modelo gritó y salió corriendo, con una multitud de niños apareciendo a su paso. Y una vez más, el público — muchos de los cuales, aprendí después, eran amigos y familiares del diseñador — encontró su lugar de forma orgánica, formando una pasarela improvisada que serpenteaba por el espacio. Lo que siguió fue un desfile más tradicional, todavía intercalado con danza contemporánea, y cerró con un gran número final.

Un momento que no olvidaré llegó al final. Sonaba el tema final. El desfile alcanzaba ese punto al que llega un evento así en lugar de un finale tradicional. Y en algún lugar cercano, una mujer empezó a llorar — fuerte, abiertamente, sin ninguna vergüenza aparente. Mi primer instinto, acostumbrado a cierto tipo de evento teatral, fue que era parte del espectáculo — una actriz

plantada entre el público como una última capa de la experiencia inmersiva. No lo era. Era la madre del diseñador. Y el espacio, en lugar de contraerse ante esa vulnerabilidad, pareció expandirse para contenerla.

Lo que Maneva me dio, de pie en esa sala oscura sin saber del todo lo que estaba mirando, fue un modelo diferente. La propia diseñadora lo explicó en una entrevista: no quería que el público fuera espectador. Quería que el público fuera un “cuerpo” — participantes iguales en un espacio compartido donde la música, las prendas, los intérpretes y las personas que miraban formaban parte del mismo organismo. No había jerarquía entre mirar y ser mirado.

Pienso en esto de manera diferente a como lo hubiera hecho hace unos meses. La observación, la observación real — la que implica soltar la necesidad de performar tu propia presencia y simplemente recibir lo que tienes delante — no es una forma menor de participación. Puede que sea la más difícil. No puedes esconderte detrás del ingenio o el encanto. Simplemente tienes que estar ahí, de verdad, en la sala. Una y otra vez, desde este desfile hasta mis clases y el vestuario de mi equipo de fútbol, llegué a la misma conclusión: lo que importó durante mi tiempo en Madrid — y lo que me puedo llevar más allá — no es tener la gramática más impecable ni la expresión más elocuente, no es ser el más extrovertido ni el más gracioso de la sala. Es simplemente aparecer con la mente abierta. Y descubrirás que las salas se expanden para contenerte: para albergar tu rareza, tu incomodidad, para abrazarte exactamente como eres.

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¿Cómo se puede explorar un barrio?

Por Maxwell Hausler

Además, ¿cómo se puede conocer una ciudad, un barrio, una cultura? Hay muchísimas cosas que están pasando a cualquier momento; el ajetreo y bullicio de la ciudad domina tanto que se puede sentir agobiante. Tal vez, dirías que puedes ir por un paseo y caminar por un ratito pero yo propongo que la mejor manera de conocer un barrio y su carácter es el arte callejero y, de tal modo, el arte que adorna las puertas de seguridad de sus varias tiendas.

A diferencia de los EE.UU., en España cuando las tiendas cierran, se ponen puertas metálicas de seguridad a través de las cuáles se puede observar la vibrante cultura que define Madrid y es una ventana a la ciudad y sus instituciones. El arte callejero es una muy buena manera para conocer un barrio y tus vecinos y para aprender sobre los rasgos de la cultura española pero también tiene muchas otras funciones.

El arte callejero sobre estas puertas sirve para reinventar la naturaleza aburrida de los negocios y se utiliza para atraer clientes y por lo menos que echen un ojo a su negocio a causa de la muralla. Típicamente, el arte está relacionado con el negocio y sus productos como se puede ver en los ejemplos de abajo de una tienda de tebeos que anuncia con un grafiti de Spiderman.

(Tienda de tebeos al lado del Mercado Antón Martín)

Otras veces, puede ser algo que justo les parece muy chulo y tal vez a la gente le gusta, como esta puerta adornada con cuadros de Darth Vader y Gandalf que carece de algún vínculo con la tienda y sus productos. Estas pinturas también cambian el entorno del barrio y ofrecen un poco más de color a los espacios urbanos, como se puede observar abajo en la muralla de un mono que juega con el color, las tensiones geométricas y la perspectiva.

(Bar Cruz en Plaza de Cascorro)

(Muralla de un mono en un rincón de Lavapiés)

Estas obras contrastan con las grises puertas metálicas y la típica naturaleza de Madrid como una ciudad vieja con edificios antiguos e históricos hechos de piedra y granito con su brillante arte moderno. Las murallas de estas tiendas sirven para atraer clientes, pero también son hermosas expresiones de lenguaje, cultura e identidad, que son maravillosas obras de arte por sí mismas y que a veces se convierten en atracciones turísticas. Por ejemplo, el pueblo de Fanzara en la provincia de Castellón destaca por ser “el pueblo de los grafitis” que contiene el MIAU, el Museo Inacabado de Arte Urbano, un museo abierto al aire libre que tiene murallas y grafiti por sus paredes, de hecho tantos que se ha convertido en una atracción turística y una galería viva. Asimismo, este museo me parece muy chulo y revolucionario ya que es accesible para todos, nunca cierra ni cuesta entrar y, de tal manera, ha vuelto el arte a las calles y a lo público.

(ejemplos del MIAU)

Estas obras pueden ser obras artísticas y herramientas comerciales, pero también pueden ser ventanas al espíritu del barrio y su cultura. Si andas por la calle, tanto como se puede observar el barrio por eso, también te recomiendo echar un vistazo al arte callejero en estas puertas para que se pueda conocer el barrio escondido y a los ciudadanos que forman parte de su comunidad si no profundizar en tu conocimiento de la cultura española.

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La belleza de Plaza Olavide

Por Simon Goldweber

A unos diez minutos de mi casa, en el barrio de Chamberí, hay una plaza llamada Olavide que, de distintas maneras, marcó mi experiencia aquí en Madrid. Olavide (el nombre es Olavide, no Olvidade ni Ovalide, como tuve que explicar demasiadas veces) es un espacio grande que tiene bancos, mesas, y sillas colocadas en anillos alrededor de una fuente grande en el centro. También hay bastantes árboles y jardines para dar un sentido de la privacidad y crear muchos espacios pequeños para grupos de gente.

Además, como la plaza tiene dos parques infantiles en ambos lados, siempre hay familias con niños jugando y corriendo. A las 15:00, un miércoles soleado, la plaza está llena de cientos de jóvenes, familias y perros, y la vida y actividad allí son calmantes y muy agradables. Finalmente, la plaza está rodeada de bares y restaurantes con terrazas grandes que solamente añaden al ambiente. Es un espacio cómodo para todos en cualquier momento; ¡aún hay mesas para el tenis de mesa!

         En mi primer día en Madrid, madre anfitriona me llevó a Olavide para comer y conocernos un poco, y desde ese momento la plaza ha sido un sitio importante para mí. Cada miércoles, después de mi clase comía en la plaza y pasaba unas horas leyendo o escuchando  música. Otras veces, cuando necesitaba un lugar para descansar o quedarme sólo un rato, allí iba para tomar el sol y mirar a la gente haciendo su vida. Gracias a la cercanía a mi casa, Olavide se convirtió no solo en un sitio diario para mí—¡sino también podía ser un sitio celebratorio! Mi familia anfitriona y yo comimos allí para celebrar mi llegada a Madrid (como ya he dicho), mis padres reales y mi madre anfitriona se conocieron allí, ¡y una amiga y vecina mía incluso celebró su cumpleaños en la plaza!

         Aunque en principio pocos de mis amigos conocieron Olavide, conforme iba pasando el tiempo más y más personas la descubrieron, y empezamos a quedar allí una o dos veces cada semana. Exploramos los distintos cafés, panaderías y heladerías que hay muy cerca, mirábamos los perros y, más que todo, jugábamos a juegos de cartas en las mesas. Al final del semestre, era nuestro principal espacio para quedar, más que los cafés, bares, parques y casas que habían sido nuestros favoritos antes de esto.

         Madrid es una ciudad increíble donde todo se vive muy rápidamente. El día empieza pronto y dura hasta muy tarde cada día. A pesar de los almuerzos largos y siestas que son partes importantes de la vida diaria, para mí esta manera de vivir ha sido muy nueva y a veces un poco difícil. Aunque me ha encantado la opción de hacer cosas cada minuto de cada día, me di cuenta de que necesito un poco más de calma y descanso en mi vida para sentirme sano. La Plaza Olavide se convirtió en un sitio donde poder relajarme y tener un momento de paz en esta ciudad tan grande y rápida, y por eso me parece como un hogar fuera de mi hogar en Estados Unidos. ¡Es mi lugar favorito de los que he visto en toda España!

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Las aventuras fuera de Madrid

Por Melanie Glatter

Mi madre me llama una country bumpkin porque soy de un área rural en Oregon y no he aprendido las mismas cosas que las personas que crecieron en la ciudad. Cuando llegué a Madrid, el sistema de transporte público en esta ciudad no se parecía a nada de lo que había sido testigo en mi vida. Hay 12 líneas del Metro que te llevan a donde necesitas ir y, si quieres una ruta más específica, hay muchísimas rutas de autobuses que también puedes tomar. Todo ello por 10 euros cada mes, ¡es un sistema impresionante del que debes aprovecharte!

La red de transportes va incluso fuera del centro de Madrid. En autobús, puedes ir a nuestra escuela en Getafe, al Monasterio Real en El Escorial o a tu muerte encima de La Maliciosa en Navarro. Durante mi estancia en Madrid, aproveché para disfrutar de todas estas experiencias. Cada día de clases, tomaba la línea 6 a Plaza Elíptica y el bus 441/442 al campus de la UC3M. Esta ruta me tomaba 40 minutos de mi casa a mis clases–¡nada mal!

Un día, algunos de nosotros tomamos el autobús hacia El Escorial para ver el Monasterio Real y caminar a la silla de Felipe II. Si bien el viaje no fue muy suave, este pueblo tan solo está a una hora en transporte público, ¡y visitarlo merece mucho la pena! Además, el trayecto está incluido en el abono mensual de transporte. Vimos las tumbas de los reyes españoles e hicimos senderismo en la naturaleza de España. Para volver al centro, tomamos una línea de cercanías para regresar a Madrid y evitar el autobús. ¡Fue un día increíble!

Otra aventura que algunos de nosotros hicimos fue coger el autobús a Navarro para hacer senderismo. Caminamos encima de algunas montañas cerca de Madrid durante esta excursión y llegamos a la cima de La Maliciosa. Aunque tuvimos que superar obstáculos inesperados en el camino hacia abajo, ¡fue una aventura única en la vida!

Con todo esto quiero decir que, si eres de los suburbios, dependes de los coches o estás acostumbrado al subway de la Ciudad de Nueva York, no te puedes perder el transporte público en Madrid. Es un sistema extensivo, accesible y muy útil. ¡Es un privilegio que no se puede dar por sentado!

Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y la cima de La Maliciosa

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Pasar tiempo con tu familia española

Por Aviv Fischer-Brown

Mudarse a una ciudad nueva y con una lengua diferente es una decisión muy grande e influyente en tu vida. Además, el programa da una oportunidad importante y muy única de vivir con una familia española. Aunque estaba nerviosa cuando llegué, mi experiencia en Madrid se ha amplificado por mis experiencias con mi familia anfitriona. Estamos viviendo con familias por una razón, y creo que tienes una mejor experiencia si tienes una mente abierta y entusiasmo por aprender y ser parte de la vida de la familia. 

Pasar tiempo con tu familia es una oportunidad increíble para mejorar tu español, pero también para sumergirte en la cultura de Madrid y España. Junto con las conversaciones que tienes cuando estás en la mesa, creo que es importante aprovechar la oportunidad de hacer cosas con tu familia, seguir sus recomendaciones, y mostrar interés en sus vidas.  

La mamá de mi familia anfitriona es una pianista y una profesora de música. Expresé interés en su trabajo y además, he tenido la oportunidad de ir a ver algunos de sus propios conciertos y los de sus estudiantes. Fui a dos óperas de sus estudiantes, un concierto de la sinfonía nacional, y un concierto suyo de piano de cuatro manos. No solo estos eventos mostraron mi interés en su vida, fueron experiencias nuevas para mí. No había visto conciertos como estos antes, especialmente en sitios históricos, y en español. Estos eventos me mostraron una nueva parte de la sociedad española, y otro lente para aprender sobre las cosas que las personas están haciendo. Finalmente, mi participación y curiosidad en su vida expresaron que yo no solo era alguien que estaba viviendo en la casa, sino alguien que quería conocerlos y aprender sobre sus pasiones.

Cada familia es diferente, y tiene sus propios hábitos y profesiones. Un consejo es que no deberías tener miedo de preguntar sobre las vidas de tu familia, y si hay algo que podáis hacer juntos, o ver. No necesita ser un concierto, puede ser cualquier cosa, como una película, cocinar, o ir a un sitio que les gusta. 

Las actividades fuera de casa, o el día a día normal de la vida con una familia, proveen un nuevo aspecto para sumergirse en la cultura de donde estás viviendo. La oportunidad de vivir en un lugar con la guía y apoyo de nativos es una experiencia muy valorada y única. Si puedes, di sí a todo lo que es ofrecido. Aprovecha tu tiempo en Madrid, y para mí, las experiencias culturales con mi familia son un punto culminante de mi semestre en Madrid y es una parte que voy a extrañar.

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El Rocky Horror Madrid Show

Por Sam Evans

Antes de llegar a Madrid, tenía una meta importante para mí: quería encontrar una función de Rocky Horror Picture Show en la ciudad. Para los que no saben, la película musical es un “cult classic” de los años setenta que es una celebración de la vida queer e incluye mucha interacción entre la audiencia y los personajes de la pantalla. A veces, la película se reproduce mientras los actores representan las acciones enfrente de la pantalla. Quería continuar y mantener mi conexión con la película y su cultura en Vassar, y también aprender cómo una cultura diferente interactúa con la película, que es un fenómeno global.

Encontré “Rocky Horror Madrid Show,” que es un grupo de artistas que ha estado colaborando durante dos décadas para producir una producción de RHPS cada año. El grupo reproduce la producción más o menos cuatro veces cada año, y fue mi suerte que había una representación en el día de San Valentín (durante el mismo fin de semana de Carnaval aquí en España), y la entrada costaba €19. La función fue en el Soho Teatro Madrid, un teatro que está situado en el centro de Madrid cerca de Gran Vía.

La interpretación me interesa mucho, especialmente como alguien muy familiarizado con la cultura de la película en los Estados Unidos y sus “callbacks” (frases que tienen una relación con lo que está pasando en la película que la audiencia grita a la pantalla y los personajes). Aquí en Madrid, todos los “callbacks” fueron en el idioma español, y había menos “callbacks” en la versión en español que en la versión original en inglés. Pero aunque había menos, había algunos “callbacks” nuevos que nunca había escuchado, y uno o dos “callbacks” regionales de España.

El Rocky Horror Madrid Show está en su vigésimo año. Antes de la representación, hablé con algunos de los actores sobre nuestras experiencias diferentes con la película. Aprendí que algunas de las artistas que reproducen la película han estado en la producción desde el comienzo. Es un testimonio del poder cultural que la película tiene, y su capacidad para unir a personas de todo el mundo. Si conoces la película muy bien o nunca la has visto en tu vida, te recomiendo que veas la producción aquí en España para una experiencia social y cultural fascinante.

Podrás encontrar más información aquí en su sitio web y aquí en su Instagram.

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Una cita semanal en Madrid contigo misma

Por Katie DiSavino

Cuando llegué a Madrid, quería decir que sí a todo. Quería ir a museos, caminar por barrios nuevos, ver películas, tomar café, ir a eventos y conocer a muchas personas. Además, al principio, casi todo lo hacía con otros estudiantes del programa. Eso era divertido y también me ayudaba a sentirme más cómoda en una ciudad nueva.

Pero, después de unas semanas, empecé a notar algo. A veces sentía que estaba explorando Madrid como parte de un grupo de turistas, no como una persona que vivía allí. Cuando iba con otros estudiantes, era fácil depender de ellos. Si alguien habla mejor español que yo, esa persona podía pedir, preguntar o resolver la situación. También era fácil hablar solo con mis amigos y prestar menos atención a la ciudad alrededor de mí. Con mi familia anfitriona pasaba algo diferente. Vivir con una familia española fue una parte muy importante de mi experiencia, ya que muchas conversaciones ocurrían dentro de la casa. Eso era muy valioso, pero no siempre me ayudaba a sentir que conocía Madrid fuera de ese ámbito.

En la universidad en Estados Unidos, yo estaba acostumbrada a hacer casi todo con otras personas: ir a la biblioteca, comer, caminar, estudiar o hacer recados. Para muchos estudiantes, la vida universitaria gira mucho alrededor de los amigos. Eso no es malo. De hecho, es una parte muy bonita de la vida en la universidad y también del programa en Madrid. Pero, me di cuenta de que no quería que toda mi experiencia en España se basara solo en lo social.

Por eso empecé una pequeña costumbre: una vez a la semana, intentaba hacer una actividad sola en Madrid. No me refiero únicamente a estudiar sola, porque eso ya lo hacía. Me refiero a hacer algo intencionalmente sola: dar un paseo largo, visitar un museo, ir al cine, comprar un libro, sentarme en una plaza, entrar en una exposición o simplemente caminar por un barrio sin un plan muy claro.

Al principio, hacer planes sola podía sentirse un poco extraño. Pero, poco a poco, empezó a gustarme. Cuando estás solo, no hay un “filtro” entre tú y la ciudad. No puedes esconderte detrás del grupo. Tienes que mirar más, escuchar más y decidir por ti mismo. Si necesitas algo, tienes que preguntar. Si no entiendes algo, tienes que intentar comprenderlo. Si te pierdes, tienes que encontrar el camino. Eso puede dar miedo, pero también da mucha confianza.

Estás experiencias también me ayudaron a sentirme más independiente. Cuando haces cosas solo en una ciudad extranjera, la ciudad empieza a sentirse menos como un lugar que estás visitando y más como un lugar donde estás construyendo una vida. Ir sola a un museo no era solo “hacer turismo”, era decidir cómo quería pasar mi tarde. Caminar sola por Madrid no era solo “explorar”, era aprender a moverme por mi propia ciudad, a mi propio ritmo.

Creo que esto también me dio un sentido más fuerte de pertenencia. A veces, para sentirse en casa en un lugar ajeno a ti, no es suficiente estar siempre acompañado. También necesitas momentos en los que tú y la ciudad estén solos. Sin amigos, sin programa, sin familia anfitriona, sin nadie que te explique todo. Por supuesto, no recomiendo aislarse. Es muy importante hacer amistades, estar conectado con el grupo y, especialmente, conocer a estudiantes españoles. Muchas de mis mejores experiencias en Madrid fueron con otras personas. La vida social es una parte fundamental de estudiar en el extranjero.

Pero, también creo que el crecimiento personal que buscamos en España no es solamente social. También viene de aprender a estar cómodo contigo mismo en un lugar nuevo. Viene de confiar en ti, de tomar decisiones pequeñas, de hablar aunque cometas errores y de descubrir qué tipo de vida quieres construir en Madrid.

Por eso recomiendo a los futuros estudiantes tener una cita semanal consigo mismos. Puede ser algo muy sencillo. Un paseo. Una película. Un museo. Una merienda. Una librería. Una hora sentados en una plaza. Lo importante no es la actividad, sino hacerla sin depender de nadie. Madrid es una ciudad maravillosa para compartir con amigos. Pero también es una ciudad maravillosa para conocerla solo. Y, a veces, cuando caminas sin compañía, empiezas a sentir que no estás visitando Madrid, sino que estás viviendo en Madrid.

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