Come lo que no comas

Por Elijah Willner

Antes de mi vuelo a Madrid, no me gustaba el queso, y tampoco el vino. Quería que me gustaran esas cosas, pero siempre asumí que el que no me gustasen sería simplemente parte de mi personalidad para siempre. Pero cuando llegué aquí, mi familia anfitriona puso una tabla de quesos en la mesa, y no quise ser la persona que dice “no”. Así que comí, y ahora me encanta el queso y el vino. Mi vida cambió por esa pequeña decisión momentánea. Fue así de sencillo y así de inesperado.

Lo cuento porque creo que resume bastante bien lo que significa comer en otro país. No se trata de ser aventurero ni de tener un paladar especial. Se trata simplemente de no cerrar la puerta antes de entrar.

La comida es una de las formas más directas de entender una cultura. No lo digo como frase hecha, lo digo porque es lo que experimento aquí cada vez que me siento a la mesa. Las recetas que prepara mi familia anfitriona, los ingredientes que usan, los horarios en los que comen, todo eso te dice algo sobre cómo vive la gente, lo que valora, cómo organiza su día. En España, la comida no es solo combustible. Es el momento en el que la familia se junta, en el que el día se pausa, en el que se habla de verdad. Si llegas aquí y esquivas eso, te estás perdiendo una parte real de España.

Así que come lo que te pongan en casa, aunque no sepas qué es. Si tu familia anfitriona cocina algo que no reconoces, pruébalo. Pregunta cómo se llama. Esa conversación sola ya vale la pena, y es de las más fáciles que vas a tener en español porque en mi experiencia, a la gente le encanta hablar de su comida.

Lo mismo pasa fuera de casa. A veces la experiencia más memorable no es la que planeaste, sino la que pasó porque decidiste seguir una corazonada. Un olor que te paró en mitad de la calle. Un sitio que tenía buena pinta y entraste sin saber que era. Un amigo que te dijo “prueba esto” y lo probaste sin preguntar que era primero. Esos momentos no se buscan, se permiten, y Madrid te los da constantemente si estás dispuesto a no tenerlo todo bajo control.

Y cuando salgas, no busques el sitio con la carta en inglés y fotos en el menú. Come donde comen los lugareños. Entra al bar donde todo el mundo se conoce y tú no conoces a nadie. Si algo huele bien al pasar por la calle, entra. No hace falta que sea un plan. A veces, la mejor razón para entrar a un sitio es simplemente que tenías curiosidad. Cada tapa que te pongan en la barra, cómetela. No lo pienses demasiado. No tienes que amar todo lo que pruebas, pero si tienes que probarlo. Esa es la parte fácil pero muy importante de estar en Madrid: la vida te lo pone delante constantemente. Solo tienes que decir “sí”.

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