Por Arantza Artieda
Es cierto que en Estados Unidos vivimos una vida de prisa. Andamos a la carrera, y muchas veces no nos damos cuenta de eso hasta que vamos a otro sitio y vemos que nuestro ritmo no es lo normal. Al llegar a Madrid, me di cuenta de que a los españoles les gusta mucho reconocer este gran defecto que tiene Estados Unidos. Algo que ven en la gente extranjera en España y también en los libros, series, y películas nuestras: no paramos para nada. Desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, rara vez nos damos el tiempo para relajarnos, reflexionar, o simplemente disfrutar de lo que tenemos alrededor.
En el caso de los estudiantes universitarios estadounidenses, esto es aún más evidente: durante el curso estudiamos, y en “vacaciones” trabajamos o hacemos prácticas. Simplemente es nuestra cultura, y si no lo hacemos así, sentimos, y la sociedad nos dice, que estamos perdiendo el tiempo. Para muchos españoles, esto resulta difícil de entender. Literalmente no pueden conceptualizar vivir una vida donde no puedan tomar una pausa si es que quieran o lo necesiten.
Mi familia, incluyendo mis padres inmigrantes peruanos, también se ha suscrito a este ritmo. No tuvieron otra opción: llegaron sin red de apoyo. Aun así, siguen recordando la vida en Perú, donde había más espacio para compartir, y no vivir siempre mirando el reloj. Para ellos, ese fue su mayor shock cultural al llegar a Estados Unidos.
En España, en cambio, he sido reintroducida a un concepto muy cotidiano: la sobremesa.
La sobremesa es algo casi invisible que ocurre cuando ya están retirados los platos y todos han terminado de comer. En muchas casas en Estados Unidos, esto significa levantarse, recoger, y seguir con el día – cada uno en su propio plan. Pero bueno, en la casa de mi familia anfitriona, y en la mayoría de los pisos, restaurantes y casas en Madrid y en las afueras, significa todo lo contrario. Para ellos, significa quedarse horas, hablando de todo y de nada. Se siente como si el tiempo cambiara de ritmo, las conversaciones se alargan y la mesa deja de ser un lugar para comer y se convierte en un lugar para estar. Esto es lo que le llaman la sobremesa.
Al principio puede costar acostumbrarse. Pero con el tiempo entiendes que no es una pérdida de tiempo, más bien, una forma de recuperarlo. Muchas de las conversaciones más honestas que he tenido aquí han surgido así, sin planearlas, después de comer, con la barriga llena de tortilla de patata. En mi casa, es normal quedarse hasta dos horas después de cenar. A veces eso significa llegar tarde a otros planes, pero cada vez me importa menos.
Quizás eso es lo que más me llevo de esta experiencia: una forma distinta de entender el tiempo. No como algo que se gasta, sino como algo que se comparte. Algo que se estira cuando vale la pena, algo que no tiene que ser productivo para ser valioso.
Cuando vuelvas a casa, no hace falta que repliques la sobremesa exactamente. Pero sí puedes intentar llevarte algo de su esencia: quedarte un poco más después de comer, guardar el móvil, alargar una conversación, darte permiso de no hacer nada “útil” por un rato.
Porque al final, no se trata solo de hablar más, sino de estar más. Y en ese proceso, te darás cuenta de que todo – hasta lo más cotidiano – se vuelve un poco más significativo.
Si tuviera que recomendar una sola cosa para entender España de verdad, no diría un museo ni un monumento. Diría: quédate en la mesa después de comer.
La sobremesa como institución cultural (y herramienta de integración)
Es cierto que en Estados Unidos vivimos una vida de prisa. Andamos a la carrera, y muchas veces no nos damos cuenta de eso hasta que vamos a otro sitio y vemos que nuestro ritmo no es lo normal. Al llegar a Madrid, me di cuenta de que a los españoles les gusta mucho reconocer este gran defecto que tiene Estados Unidos. Algo que ven en la gente extranjera en España y también en los libros, series, y películas nuestras: no paramos para nada. Desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, rara vez nos damos el tiempo para relajarnos, reflexionar, o simplemente disfrutar de lo que tenemos alrededor.
En el caso de los estudiantes universitarios estadounidenses, esto es aún más evidente: durante el curso estudiamos, y en “vacaciones” trabajamos o hacemos prácticas. Simplemente es nuestra cultura, y si no lo hacemos así, sentimos, y la sociedad nos dice, que estamos perdiendo el tiempo. Para muchos españoles, esto resulta difícil de entender. Literalmente no pueden conceptualizar vivir una vida donde no puedan tomar una pausa si es que quieran o lo necesiten.
Mi familia, incluyendo mis padres inmigrantes peruanos, también se ha suscrito a este ritmo. No tuvieron otra opción: llegaron sin red de apoyo. Aun así, siguen recordando la vida en Perú, donde había más espacio para compartir, y no vivir siempre mirando el reloj. Para ellos, ese fue su mayor shock cultural al llegar a Estados Unidos.
En España, en cambio, he sido reintroducida a un concepto muy cotidiano: la sobremesa.
La sobremesa es algo casi invisible que ocurre cuando ya están retirados los platos y todos han terminado de comer. En muchas casas en Estados Unidos, esto significa levantarse, recoger, y seguir con el día – cada uno en su propio plan. Pero bueno, en la casa de mi familia anfitriona, y en la mayoría de los pisos, restaurantes y casas en Madrid y en las afueras, significa todo lo contrario. Para ellos, significa quedarse horas, hablando de todo y de nada. Se siente como si el tiempo cambiara de ritmo, las conversaciones se alargan y la mesa deja de ser un lugar para comer y se convierte en un lugar para estar. Esto es lo que le llaman la sobremesa.
Al principio puede costar acostumbrarse. Pero con el tiempo entiendes que no es una pérdida de tiempo, más bien, una forma de recuperarlo. Muchas de las conversaciones más honestas que he tenido aquí han surgido así, sin planearlas, después de comer, con la barriga llena de tortilla de patata. En mi casa, es normal quedarse hasta dos horas después de cenar. A veces eso significa llegar tarde a otros planes, pero cada vez me importa menos.
Quizás eso es lo que más me llevo de esta experiencia: una forma distinta de entender el tiempo. No como algo que se gasta, sino como algo que se comparte. Algo que se estira cuando vale la pena, algo que no tiene que ser productivo para ser valioso.
Cuando vuelvas a casa, no hace falta que repliques la sobremesa exactamente. Pero sí puedes intentar llevarte algo de su esencia: quedarte un poco más después de comer, guardar el móvil, alargar una conversación, darte permiso de no hacer nada “útil” por un rato.
Porque al final, no se trata solo de hablar más, sino de estar más. Y en ese proceso, te darás cuenta de que todo – hasta lo más cotidiano – se vuelve un poco más significativo.
Si tuviera que recomendar una sola cosa para entender España de verdad, no diría un museo ni un monumento. Diría: quédate en la mesa después de comer.

